Alphonse de Lamartine, el poeta de Dios, la naturaleza y el amor

Ni un beso, ni siquiera una sonrisa he de pedirte yo.
Con la dicha de un beso de tus labios no ha soñado jamás mi corazón.
¿Sabes tú lo que quiero, lo que ansío en mi amoroso afán?
Sólo besar el aire embalsamado que con tus alas te besó al pasar. 


Este hombre célebre, elevado a la cumbre de la grandeza y precipitado poco tiempo después en el abismo de la indiferencia pública, hasta el punto de no encontrar su nombre ni un eco en el país de que fué el ídolo, será una grande y provechosa lección para las futuras generaciones. Nuestra simpatía por Mr. de Lamartine data de la infancia, casi puede decirse que aprendimos a leer en sus obras. Rafael, Confidencias y el Viaje a Oriente fueron el encanto de nuestra adolescencia. Lamartine nació en 1790, al ruido de la gran revolución francesa. Hay quien afirma que los sangrientos golpes de ese cataclismo de la historia, resonando en el corazón de las madres, marcaron con un sello de melancolía y de tristeza la generación que data de aquella época terrible. En esos días de angustia los niños bebían lágrimas en el seno maternal. Lamartine fué educado por una madre, tipo de bondad, en cuya alma se reflejaban la virtud y la fé más profundas, y por un padre, modelo de lealtad caballeresca, antiguo gentil-hombre que permaneció toda su vida fiel a la causa de su rey. Del seno de esas antiguas familias nobiliarias salían hombres extraordinarios, caractéres singulares que la moderna civilización no produce ya en Francia. La naturaleza había dotado a Lamartine de una inteligencia maravillosa, de una alma noble, expansiva y sensible, y de esos instintos que caracterizan a los hombres de raza, él mismo nos ha iniciado en los misterios de su naturaleza moral en una de esas innumerables obras que en otro tiempo salían de su pluma con la misma facilidad que la elocuencia se escapaba de sus labios. Nací, —nos dice con esa dulzura y sencillez de estilo que nadie acierta a imitar,— impresionable y sensible. Estas dos cualidades son los dos primeros elementos de toda poesía. Los objetos exteriores dejaban en mi una impresión viva y profunda, y cuando desaparecían de ante mis ojos, la imaginación me los representaba como si todavía se hallasen presentes. Poco a poco estas imágenes, así retenidas en la memoria, se transformaban en sentimientos; mi alma gozaba con ellos; mi corazón tomaba parte en sus impresiones, y yo acababa siempre por atraer y asimilarme cuanto había visto mi inteligencia. Era un espejo viviente, aún no empañado por níugun hálito mundanal, en cuyo límpido fondo se reflejaba la obra sublime del Creador. Es imposible expresar de una manera más sencilla y más interesante el misterioso mecanismo que constituye en el hombre la facultad poética. Los grandes poetas se forman en el silencio y la soledad, en presencia de la naturaleza. El alma desprendida de todo lazo mundanal, puede remontarse hasta su origen divino, abarcar la creación entera y recibir ese mundo de impresiones, cuyos tesoros acumulados serán después un manantial inagotable de poesía. Su infancia fue libre y solitaria, y negó a la adolescencia sin que turbara su vida ni la sombra del más leve pesar, al levantarse a la hora en que el sol doraba con sus primeros rayos la cumbre de los montes; correr todo el día por entre las agrestes montañas tras de la liebre o el ciervo que huían veloces como el pensamiento, venir a la caída de la tarde, al resplandor de los nacientes luceros, cuando la campana de la aldea lanzaba sus notas melancólicas en el espacio y asistir, en fin, a todas las trasformaciones de la naturaleza, cuyos recuerdos prestaron más tarde a su pluma esas galas descriptivas que son el sello de su poesía, he aquí lo que fue su niñez.
En las veladas de invierno, cuando los rigores de la estación reunían a la familia en torno del hogar, escuchaba piadosas narraciones que nutrían y fortificaban su tierna inteligencia, Arrullado por las caricias de una madre dulce y amorosa, de quien era el ídolo, y teniendo por maestro a su honrado y virtuoso padre, su juventud se desarrollaba bajo la influencia de esas ideas consoladoras de fe, de religión y de amor, que forman la base de todas sus obras. De ahí nace el carácter místico de su poesía. Lamartine, había hablado un lenguaje hasta entónces desconocido, lleno de imágenes, de giros completamente nuevos, de ternura, de luz y de armonía. Si ser poeta es poder expresar todo cuanto uno quiere, cuanto uno sabe y piensa, con una facilidad de inspiración y una fuerza de genio que no dejen conocer siquiera que se han superado las dificultades de la consonancia y de la medida, nadie merece mejor en este concepto el nombre de poeta que Lamartíne. El favor vino a buscarle a su misrna boardilla. Joven, oscuro y desconocido hasta entonces, vio de repente resplandecer su nombre mecido por el aura de la popularidad, y fue objeto de las consideraciones muy distinguidas. Dios, la naturaleza y el amor, tales son las ideas capitales que resallan en todas sus obras; ideas que nutrieron su alma desde niño. Yo no conozco nada más difícil que acertar a dar la conveniente expresión de las melancolías del alma y a la alegría de los festines. Lamartine consultaba su corazón en todas partes y a todas horas, y no se esforzaba jamás en luchar con los demás. He aquí todo el secreto de su popularidad. Genio feliz y predestinado, le ha bastado ser él mismo para conquistar en el mundo la simpatía y la admiración en las altas regiones a donde había llevado su vuelo igual y poderoso, su vuelo de águila, no perdía nunca de vista los sentimientos más generosos de la humanidad; tocaba al mismo tiempo las verdades más elevadas de la filosofía y los instintos más humildes de la vida ordinaria; entreveía y descubría a los ojos atónitos las claridades más espléndidas; pero no desdeñaba bajar su mirada hasta los dolores del pueblo; sabía pero sentía. Continuamente conversaba consigo. Antes que Lamartine había aparecido ya en el mundo literario un genio, poderoso tambien , arrastrando en su círculo de acción a todas las imaginaciones ardientes, y resumiendo en sí todas las fatalidades y todos los acentos dolorosos de la vida humana. Este genio fue Lord Byron. Lamartine tuvo entonces, para nosotros, el raro mérito de no dejarse llevar por el irresistible ascendiente de ese talento fascinador. Sus obras no tienen la gigantezca estructura de las de Víctor Hugo, ni el grito desgarrador de Alfredo de Mussct, no torturan el corazón como las de este joven sublime y desgraciado que Francia colocará algun día al nivel de todo cuanto existe de más grande entre sus poetas. Un poeta habla al iudlviduo y su voz es unas veces triste como la del fénix, y otras consoladora como las promesas evangélicas, pero siempre dulce. El orador se dirige a un pueblo; su expresión es imponente; su palabra parece inspirada como la de los profetas, su voz se aguarda con ansia como la del oráculo antiguo, y casi siempre es terrible como las olas del océano.
Si la elocuencia es esencialmente el don de conmoverse y el arte de trasmitir la oración, y si el hombre elocuente es aquel cuyo pensamiento pasa por el corazón y las entrañas antes de llegar al cerebro, Lamartine es orador en toda la extensión de la palabra, porque nadie más que él ha hablado con el corazón. Lo que hace elocuente es el corazón, pasó a viajar por Italia, esa tierra noble y desgraciada, patria del genio y de las artes. Allí vio por la primera vez a la condesa de Albany, esa Laura de un nuevo Petrarca , allí encontró a lord Byron, o, mejor dicho, vió pasar ante sus ojos, como la sombra de un sueño, ese coloso de la poesía, ese ángel caído en el infierno del escepticismo y de la duda, cuyo recuerdo le persiguió continuamente; allí se le aparecieron esas encantadoras figuras de Camila, de Bejina y, en particular, de Graziella, cuyo nombre inmortalizó en sus Confidencias, y a quien abandonó con una ingratitud que él mismo se hecha en cara y que deploró amargamente cuanto supo que la infeliz había muerto de pesar. Esta confidencia del poeta deja en el alma una honda impresión de angustia. Ha hecho bien en acusarse de ingratitud y en darnos cuenta de su arrepentimiento; ha hecho bien, porque, sean cuales fueren su mérito y su celebridad, ningún hombre que se estime en algo debe contar que una mujer ha muerto de amor por su causa. Como todos los jóvenes de imaginación ardiente, Lamartine deseaba conocer los personajes mas célebres de la época. Nada más interesante que las páginas en que nos refiere los esfuerzos que hacia para conseguirlo. Se hizo el ídolo de cuantas personas le trataron. Otro día, esperaba horas enteras apostado en una calle por donde debía pasar Madama Stael, con el objeto de contemplar durante algunos minutos a aquella mujer ilustre que llenaba la Europa con la fama de su nombre. Otro día , en fin, iba con uno de sus amigos hasta la casita solitaria que entonces habitaba el autor de los Mártires, a pocas leguas de París. Allí acechaban durante dos horas el momento en que de Chateaubriand debía salir de su morada para dar por el jardin su paseo acostumbrado, y no descendían de su observatorio, que era un muro, sino después de haberle visto pasar con su vestido negro, su espalda encorvada por los años, su aire melancólico y su rostro expresivo que aún parecía conservar el sello de las agitaciones de su alma.
Cortesano, poeta, diplomático, tribuno, historiador, publicista, pensador, colmo y resumen de todos los dones de la naturaleza, noble y hermoso como los héroes de sus cantos, Lamartine, que dijo respecto de lord Byron: hijo mimado de la fortuna, de la naturaleza y del genio, los floridos senderos de su vida le parecieron demasiado ásperos, y blasfemó del Cielo que le habla colmado de beneficios. Le decía Mr. de Biennassis, en un lenguaje tan justo como elevado: —profana los misterios del corazón, esos tiernos enigmas de nuestra doble naturaleza que nunca deben presentarse al público. Dime, ¿por qué cometes esa falta? ¿lo haces por nutrirte de tus propios sentimientos? Piensa que estos te pertenecerán tanto menos cuanto más los des a conocer a los demás, ¿Lo haces, tal vez, por una ciega ambición de gloria? ¡ah la gloria no se consigue sino después de la muerte! La celebridad no es más que la gloria de un día, pero una gloria que no tiene mañana. ¿Te mueve acaso el afán del dinero? Si así es, confiesa conmigo que vas a adquirirle a un precio demasiado caro. No sigas por ese camino, si aún es tiempo de que retrocedas, y explícame, por Dios, el móvil que te impulsa, porque te aseguro que no puedo comprenderte—. Lamartine respondió a estas justas reconvenciones entonando un mea culpa y diciendo a Mr. de Biennassis que sólo la necesidad le había obligado a dar ese paso. Habíanle ofrecido un precio elevado por sus memorias, y, para satisfacer las exigencias de sus acreedores, tuvo que publicarlas. Un año después incurría en la misma falta, obligado por iguales motivos publicando unas Nuevas Confidencias para salvar su hogar doméstico del embargo de sus acreedores. Entonces la crítica se desencadenó contra él, acusándole de simonía y tratándole de traficante en los sentimientos más puros, y de explotador de la curiosidad pública. Pródigo en socorrer los deseos humanos, caritativo por naturaleza, daba siempre sin pensar en el mañana. La bondad y la dulzura que forman la base de su carácter se reflejan continuamente en las apreciaciones que hace de los demás. Si sus juicios carecen a menudo de la debida exactitud, es porque la amistad o la gratitud los han desnaturalizado. Muchos ejemplos existen en sus obras que prueban su nobleza de alma. Émile Zola asegura que lo que sucedió con Lamartine cuando cayó en la ruina, caracteriza perfectamente la idea actual del público sobre esta cuestión. A quienes se indignaban por la situación económica en que Francia dejaba al gran poeta, a quienes reclamaban una suscripción nacional, respondieron quienes afirmaban que el país no tenía porqué otorgar renta alguna a los escritores pródigos, cuyas manos siempre abiertas, habían derrochado millones. Era una respuesta muy duraa, pero iba en el sentido que tiene ahora nuestra sociedad nueva, una respuesta que partía del principio igualitario de que todo productor debe ser el artesano de su fortuna, Francia, como decían, era lo bastante rica como para pagar su gloria; sólo que, entre un escritor que se ha hecho libre y digno con sus obras, y un escritor que tiende la mano, después de haber vivido en la despreocupación de su talento y de sus deudas.
Lamartine, como hemos dicho, prodiga sus alabanzas demasiado fácilmente, y asocia en su admiración hombres de un valor secundario, como Julio Janin y Eugenio Pelletan, por ejemplo, a verdaderos colosos como Honoré de Balzac, Pero repetimos que este es un defecto hijo de la bondad de su corazón, que las almas nobles deben perdonarle de buena voluntad. Éstos hombres tienen por patria el mundo, su familia es la humanidad. Todo hombre que ha sentido, pensado y escrito mucho, debe, si Dios le deja tiempo suficiente, coordinar, corregir, limar y perfeccionar sus obras, para dejar en pos de sí una huella más auténtica y más irreprochable de su paso por el mundo. Su gloria no pertenece exclusivamente a Francia; el viaje del Dante, el viaje del genio, hoy llega ya al fin de su carrera y se encuentra abandonado en el desierto del olvido, y sólo con sus recuerdos y su desgracia se sienta sobre una piedra del camino a esperar la muerte. Un día más, algunos pasos más, y este hijo de Homero, anciano y pobre como el ciego inspirado de Grecia, tocará la tumba con su báculo. Era preciso que una existencia tan fecunda y venturosa acabara por una vejez de tristeza y abandono. Esto, que para algunos es un contraste, para nosotros es una armonía de la vida humana. El dolor es y debe ser el fondo de la vida del poeta; su senda ha sido siempre una vía dolorosa, un camino de abrojos atravesado en una larga noche de angustia; su corazón está repleto de lágrimas; su corona es de espinas y sólo el frío de la tumba la convierte en corona de laurel. El genio es una cruz para los que saben llevarla con valor y resignación hasta la cima de la montaña, se convierte en el árbol sagrado de la gloria, a cuya sombra se duerme el sueño de la inmortalidad.

Anel Karl, París, enero de 1861.

Ver: 200 años de Théophile Gautier   http://vieliteraire.blogspot.com/2011/12/la-belleza-del-arte-literario-200-anos.html
Honoré de Balzac, la ambición devoradora de escribirlo todo http://vieliteraire.blogspot.mx/2013/10/honore-de-balzac-la-ambicion-devoradora.html
Edgar Allan Poe  http://vieliteraire.blogspot.mx/2012/03/edgar-allan-poe-la-luz-no-proviene-de.html
Arthur Rimbaud  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/arthur-rimbaud.html
Goethe, los inicios de la literatura del romanticismo  https://vieliteraire.blogspot.mx/2016/05/goethe-los-inicios-de-la-literatura-del.html