La belleza inútil, Guy de Maupassant


La vergüenza pura no es sentimiento de ser tal o cual objeto, sino de ser en general un objeto, es decir, de reconocerme en ese ser degradado, dependiente y fijo que soy para otro. La vergüenza es sentimiento de pecado original; no del hecho de que hubiera cometido tal o cual falta, sino simplemente del hecho de que he caído al mundo, en medio de las cosas, y que tengo necesidad de la mediación de otro para ser lo que soy. J. P. Sartre

Delante de la escalinata del palacio esperaba una victoria muy elegante, tirada por dos magníficos caballos negros. Era a fines del mes de junio, a eso de las cinco y media de la tarde, y por entre el recuadro de tejados del patio principal se distinguía un cielo rebosante de claridad, luz y alegría. La condesa de Mascaret apareció en la escalinata, en el momento mismo en que su marido, de regreso, entraba por la puerta de coches. Se detuvo unos segundos para contemplar a su mujer, y palideció ligeramente. Era muy hermosa, esbelta, y el óvalo alargado de su cara, su cutis de brillante marfil, sus rasgados ojos grises y negros cabellos le daban un aire de distinción. Subió ella al carruaje sin dirigirle una mirada, como si no lo hubiese visto, con actitud tan altanera que el marido sintió en el corazón una nueva mordedura de los celos que lo devoraban desde hacía mucho tiempo. Se acercó y la saludó, diciendo:
-¿Sale usted de paseo?
Ella dejó escapar cuatro palabras por entre sus labios desdeñosos:
-Ya lo ve usted.
-¿Al Bosque?
-Es probable.
-¿Me permitirá acompañarla?
-Usted es el dueño del carruaje.
Sin manifestar extrañeza por el tono en que ella le contestaba, subió al coche, tomó asiento junto a su mujer y ordenó:
-Al Bosque.
El lacayo saltó al pescante, junto al cochero, y los caballos, siguiendo su costumbre, piafaron y saludaron con la cabeza, hasta que pisaron la calzada de la calle.
Los dos esposos permanecían uno al lado del otro, sin despegar los labios. El marido buscaba la manera de trabar conversación, pero era tal la dureza del semblante de su mujer, que no se arriesgaba a ello.
Deslizó disimuladamente su mano hacia la mano enguantada de la condesa, y tropezó con ella como por casualidad; pero su mujer retiró el brazo tan vivamente y con un gesto de tal repugnancia, que lo dejó desconcertado, a pesar de sus hábitos autoritarios y despóticos.
Entonces dijo en voz baja:
-¡Gabriela!
Ella le preguntó, sin volver la cabeza:
-¿Qué quiere usted?
-La encuentro a usted adorable.
Ella no contestó, y siguió arrellanada en el coche con aire de reina irritada.
Subían por la cuesta de los Campos Elíseos hacia el Arco de Triunfo de la Estrella. A un extremo de aquella larga avenida, el inmenso monumento abría su arco colosal sobre un cielo rojo. Parecía que el sol, cayendo sobre él, levantaba por todo el horizonte un polvillo de fuego.
Los carruajes, salpicados de destellos luminosos en los cobres, en la plata y en la cristalería de sus arneses y linternas, formaban un río de doble corriente, una hacia el Bosque, la otra hacia la ciudad.
El conde Mascaret volvió a decir:
-¡Mi querida Gabriela!
Ella, entonces, sin poderse contener más, le replicó con voz exasperada:
-Le ruego que me deje en paz. Ya no me queda ni la libertad de pasear sola en mi coche.
Hizo él como que no la había oído, e insistió:
-Está usted hoy más hermosa que nunca.
La mujer, que había llegado al limite de su paciencia, le contestó, abandonándose a su cólera:
-Hace usted mal en fijarse en mi hermosura, porque yo le juro que jamás volveré a ser de usted.
Esta vez sí que el marido quedó estupefacto y desconcertado; pero, dejándose llevar por sus hábitos de violencia, lanzó un "¿Cómo dice usted?", que delataba, más que al hombre enamorado, al amo brutal.
Aunque sus servidores no podían oírlos, por el ruido ensordecedor de las ruedas, ella repitió en voz baja:
-¡Ya está ahí el de siempre! ¿Cómo dice usted? ¿Cómo dice usted? Pues bien: ¿se empeña en que se lo diga?
-Sí.
-¿En que yo se lo diga todo?
-Si.
-¿Todo lo que llevo como un peso encima del corazón desde que vengo siendo la victima de su egoísmo feroz?
El marido se había puesto rojo de asombro y de irritación; y gruñó con los dientes cerrados:
-Sí, hable usted.
Era hombre de mucha estatura, hombros anchos, poblada barba roja; un hombre apuesto, un caballero del gran mundo, reputado de marido modelo y padre excelente.
Por vez primera desde que habían salido del palacio se volvió ella para mirarlo cara a cara:
-Sea, pues. Va usted a oír cosas muy desagradables; pero sepa que estoy dispuesta a todo, que lo desafiaré todo, que no temo a nada y a usted menos que a nadie.
También él la miraba a los ojos, alterado ya por la ira, y resolló:
-¡Está usted loca!
-Lo que no estoy es dispuesta a seguir siendo la víctima del suplicio odioso de perpetua maternidad que me viene usted imponiendo desde hace once años. Quiero vivir alguna vez como mujer de sociedad, porque tengo derecho a ello, como lo tienen todas las mujeres.
El marido volvió a palidecer súbitamente, y balbuceó:
-No entiendo lo que quiere decir.
-Sí que me entiende usted. Hace tres meses que di a luz a mi último hijo, y ya le parece a usted que es hora de que vuelva a estar encinta, porque soy todavía muy hermosa, y, a pesar de todo lo que usted hace, no pierdo mis formas, como usted mismo ha advertido hace un momento, el verme en la escalinata.
-¡Usted desvaría!
-No. Tengo siete hijos y treinta y dos años; hace sólo once que nos casamos y usted echa cuentas de que seguiremos así diez años más. Hasta entonces no dejará usted de estar celoso.
El marido la agarró del brazo y se lo oprimió:
-No le tolero que siga usted hablándome de ese modo.
-Pues yo estoy resuelta a no callar hasta que le haya dicho todo lo que tengo que decirle. Como trate usted de impedírmelo, alzaré la voz para que me oigan los criados que van en el pescante. Si consentí en que subiese al coche fue por eso, porque aquí tengo testigos que le obligarán a escucharme y a dominarse. Óigame bien. Siempre me fue usted antipático, y se lo demostré en toda ocasión, porque yo no miento nunca, caballero. Me casé con usted contra mi voluntad; violentó usted la de mis padres, aprovechando que es usted rico y que ellos se hallaban en situación difícil. Después de muchas lágrimas, tuve que ceder.
"Usted me compró, y luego, cuando me tuvo en su poder, cuando yo empezaba a ser una compañera dispuesta a quererle, a olvidar sus procedimientos de intimidación y de coerción, acordándome únicamente de que tenía el deber de portarme como esposa abnegada, dándole todo el cariño de que yo era capaz, usted se convirtió en un marido celoso, celoso como nadie lo ha sido jamás, con unos celos de espía: bajos, innobles, degradantes para usted y ofensivos para mi persona. No llevaba casada ocho meses y ya usted me creyó capaz de todas las perfidias. Hasta llegó a dármelo e entender. ¡Qué ignominia! Como no podía usted impedirme ser hermosa y agradar, que me calificasen en los salones y en los periódicos como una de las mujeres más hermosas de París, se dio usted a buscar un medio para apartar de mi persona los homenajes que me dedicaban, y se le ocurrió la idea execrable de hacerme pasar la vida en una preñez perpetua, hasta que mi cuerpo inspirase repugnancia a todos los hombres. No; no lo niegue usted. Mucho tardé en comprenderlo; pero, al fin, lo adiviné. Llegó usted a jactarse de ese propósito delante de su hermana, que me lo repitió, porque me quiere y porque le indignó semejante grosería, propia de un hombre zafio.
"¡Acuérdese de las veces que hemos reñido! ¡De las puertas rotas y de las cerraduras forzadas! Me ha tenido usted condenada durante once años a una existencia de yegua madre, recluida en una casa de remonta. En cuanto se manifestaba mi preñez, usted mismo se alejaba de mí, y se pasaba meses sin que lo viese. Me expedía usted al campo, al castillo de la familia, al verde, al prado, para que fuese gestando a mi hijo. Y cuando yo reaparecía, hermosa y lozana, indestructible, siempre seductora y siempre asediada de homenajes, y cuando yo esperaba poder llevar por algún tiempo la vida de una mujer rica, joven y relacionada en sociedad, despertaban otra vez los celos de usted y se iniciaba de nuevo la persecución a que lo empujaba ese anhelo infame y rencoroso que ahora mismo lo aguijonea al verse a mi lado. No es el anhelo de poseerme -nunca me negaría yo a ese deseo-, es el anhelo de deformar mi cuerpo.
"Ha habido más. Ha habido une táctica abominable y misteriosa que me ha costado mucho tiempo descifrar -pero en su escuela he aprendido a ser astuta-: el cariño que siente usted por sus hijos arranca de que ellos constituían la seguridad suya cuando yo los llevaba en mis entrañas. El amor a los hijos lo ha forjado usted con todo el aborrecimiento que por mí sentía, con los viles recelos momentáneamente calmados, con el gozo de ver cómo mi talle se deformaba.
"¡Cuántas veces he tenido la sensación de ese gozo suyo, y lo he descubierto en sus ojos, y lo he adivinado! Quiere usted a sus hijos como a otras tantas victorias conseguidas, no porque lleven su sangre. Son victorias obtenidas sobre mí, sobre mi juventud, sobre mi belleza, sobre mis encantos, sobre las galanterías que me dirigían y sobre las que, sin decírmelas directamente, se susurraban en voz baja a mi alrededor. Por eso está usted orgulloso de ellos, y los pasea en break por el Bosque de Bolonia o los hace cabalgar en borriquitos por Montmorency. Y los lleva usted por la tarde al teatro para que, viéndolo rodeado de sus hijos, diga la gente: '¡Qué padre modelo!', y lo vayan repitiendo por..."
El marido la había cogido de la muñeca con brutalidad salvaje, y se la estrujaba con tal violencia que ella se calló, ahogando un lamento que reventaba en su garganta.
Al fin le dijo, en tono muy bajo:
-Quiero a mis hijos, ¿lo oye usted? Es vergonzoso oír a una madre expresarse como lo ha hecho usted. Pero usted me pertenece. Soy el señor..., su señor..., y puedo exigirle lo que quiera y cuanto quiera... La ley..., está de mi parte.
Apretaba con las tenazas de su puño musculoso, como queriendo destrozarle los dedos. Ella, lívida de dolor, hacia esfuerzos inútiles por liberar la mano de aquel torno que se la estrujaba; respiraba fatigosamente y se le saltaban las lágrimas.
-Ya ve usted que soy yo quien manda, y que soy el más fuerte -le dijo el marido.
Aflojó un poco la presión, y entonces ella le dijo:
-¿Cree usted que soy una mujer creyente?
-Sí -balbuceó él, sorprendido.
-¿Está usted convencido de que creo en Dios?
-Desde luego.
-¿Me supone capaz de jurar en falso delante de un altar en el que está guardado el cuerpo de Cristo?
-No.
-¿Quiere usted acompañarme a una iglesia?
-¿Para qué?
-Ya lo verá. ¿Quiere?
-Si usted se empeña, sí.
Ella llamó en voz alta:
-Felipe.
El cochero, inclinando un poco el cuello, pero sin apartar la vista de los caballos, pareció que volvía únicamente la oreja hacia su señora. Ésta siguió diciendo:
-A la Iglesia de San Felipe de Roule.
La victoria, que estaba ya llegando al Bosque de Bolonia, volvió a tomar la dirección de París.
Marido y mujer no cambiaron entre sí una sola palabra en todo este trayecto. Cuando el carruaje se detuvo delante de la puerta del templo, la señora de Mascaret saltó al suelo, y entró en él, seguida a pocos pasos por el conde.
Avanzó sin detenerse hasta la verja del coro, se arrodilló en una silla y oró. Oró largo rato, y el marido, que permanecía en pie a sus espaldas, advirtió, por fin, que lloraba. Lloraba silenciosamente, como suelen llorar las mujeres en los momentos de pena desgarradora. Era un estremecimiento ondulatorio de todo su cuerpo, que terminaba en un débil sollozo, oculto, ahogado; entre sus dedos.
El conde de Mascaret juzgó que la situación se prolongaba con exceso, y la tocó en el hombro.
Este contacto la hizo volver en sí como si hubiese recibido una quemadura. Se irguió y clavó sus ojos en los de él.
-Lo que tengo que decirle es esto. No me asusta nada y puede hacer usted lo que mejor le parezca. Puede matarme si le parece bien. Uno de sus hijos no es suyo. Lo juro delante de Dios que me está escuchando. Era la única venganza que podía tomarme de usted, de su execrable tiranía de macho, de los trabajos forzados de perpetua preñez a que me tiene condenada. ¿Que quién fue mi amante? No lo sabrá usted jamás. Sospechará usted de todos, pero no logrará descubrirlo. Me di a él sin amor y sin placer, sólo por engañarle a usted. Y también él me hizo madre, como usted. Son siete los que tengo, ¡busque! Pensaba habérselo dicho más adelante, mucho más adelante, porque la venganza de engañar a un hombre no es tal mientras él no lo sabe. Usted me ha obligado a que se lo confesase hoy. No tengo más que decir.
Huyó hacia la puerta de la iglesia, que estaba abierta, calculando oír detrás de ella el peso presuroso del marido así provocado y esperando caer de un momento a otro al suelo bajo el golpe aplastador de su puño.
Pero nada oyó, y fue hasta su coche. Subió a él de un salto, crispada de angustia, jadeante de miedo, y gritó al cochero:
-¡Al palacio!
Los caballos arrancaron a trote ligero.
Encerrada en su habitación, la condesa de Mascaret esperaba la hora de la cena, lo mismo que un condenado a muerte espera la del suplicio. ¿Qué haría su marido? ¿Había regresado a casa? ¿Qué habría meditado, qué prepararía, qué tendría resuelto aquel hombre despótico, arrebatado, dispuesto siempre a la violencia? En el palacio no se oía el menor ruido, y ella miraba a cada instante las agujas del reloj. Vino la doncella para vestirla de noche, y después se marchó.
Dieron las ocho, y casi en el acto dieron dos golpes en la puerta.
-Adelante.
Apareció el mayordomo, y dijo:
-La señora condesa está servida.
-¿Ha vuelto el señor conde?
-Si, señora condesa. El señor conde está en el comedor.
Tuvo por un instante el pensamiento de armarse de un pequeño revólver que había comprado hacía poco, en previsión del drama que se preparaba en su corazón. Pero se le ocurrió pensar que estarían allí todos los niños, y sólo se armó de un frasco de sales.
Cuando entró en el comedor, su marido esperaba en pie junto a su silla. Cruzaron un ligero saludo y tomaron asiento. Después de ellos, se sentaron los hijos. Los tres varones, con su preceptor, el abate Marín, a la derecha de la madre; las tres niñas, con el aya inglesa, la señora Smith, a la izquierda. El más pequeño, de tres meses, era el único que se quedaba en la habitación con su nodriza.
Las tres niñas, completamente rubias, la mayor de diez años, y con vestidos azules adornados de puntillitas blancas, parecían otras tantas muñecas exquisitas. La más pequeña no había cumplido aún los tres años. Todas eran bonitas y prometían llegar a ser tan hermosas como su madre.
Los tres niños, dos de pelo castaño claro y el otro, de nueve años, castaño oscuro, presentaban perspectivas de desarrollarse como hombres vigorosos, de mucha estatura y anchos hombros. Toda la familia parecía de la misma raza, fuerte y llena de vida.
El señor abate rezó la bendición según tenía por costumbre cuando no había invitados, porque cuando había gente extraña a la casa no se sentaban los hijos a la mesa. Después se pusieron a comer.
La condesa, atenazada por una emoción que no había previsto, no levantaba los ojos. El conde miraba tan pronto a los tres niños como a las tres niñas; sus ojos, inseguros, enturbiados por la angustia, examinaban una a una aquellas cabezas. De pronto, al colocar su copa en la mesa, se le quebró, y el liquido rojizo se corrió por el mantel. Bastó aquel ligero ruido para que la condesa se levantase, sobresaltada, de su silla. Se miraron por vez primera marido y mujer. Y siguieron cruzando a cada momento sus miradas; a pesar suyo, a pesar del encrespamiento de su carne y de su corazón que provocaba cada uno de aquellos encuentros, las pupilas de uno buscaban las del otro como se buscan las bocas de dos pistolas.
El sacerdote se daba cuenta de que algo embarazoso ocurría, y se esforzaba en insinuar una conversación. Iba desgranando temas, sin que sus inútiles tentativas hiciesen brotar una idea o arrancasen una palabra.
Dos o tres veces intentó contestarle la condesa, por delicadeza femenina, obedeciendo a sus instintos de mujer de mundo; pero fue en vano. En el desconcierto de su espíritu le fallaban las frases apropiadas, y casi le daba miedo oír su voz en medio del silencio del gran salón, en el que sólo se oía el tintineo de los cubiertos de plata y de la porcelana.
De pronto se inclinó su marido hacia ella y le dijo:
-¿Me jura usted aquí, en medio de sus hijos, que lo que hace un rato me dijo era sincero?
El rencor fermentado dentro de sus venas la sacudió con una súbita rebelión, y contestando a la pregunta con igual energía que contestaba a sus miradas, alzó las dos manos, la derecha hacia la frente de sus hijos, la izquierda hacia la de sus hijas, y dijo con acento firme resuelto, y sin vacilaciones:
-Juro sobre la cabeza de mis hijos que lo que le he dicho es la verdad.
El conde se levantó, tiró la servilleta a la mesa con gesto irritado; al darse la vuelta dio un empujón a la silla, enviándola contra la pared, y salió sin agregar palabra.
Ella, entonces, dejó escapar un profundo suspiro, como si hubiese obtenido la primera victoria, y siguió hablando con mucha tranquilidad.
-No le den importancia, hijitos. Su papá ha tenido hace un rato un gran disgusto, y sufre mucho todavía. En cuanto pasen unos días ya no le importará nada.
Conversó con el abate; conversó con la señora Smith; tuvo para todos sus hijos palabras tiernas, cariñosas, y mimos de madre que ensanchan de felicidad los corazoncitos de los pequeños.
Terminada la cena, pasó al salón con toda su pollada. Hizo charlar a los mayores, contó cuentos a los más pequeños, y cuando llegó la hora de acostarse todos, les dio un beso muy largo, los envió a dormir, y se retiró sola a su habitación.
Aguardó, porque estaba segura de que él vendría. Y como ya sus hijos estaban lejos de ella, se aprestó a defender su vida de ser humano, del mismo modo que había defendido su vida de mujer de mundo, y ocultó en un bolsillo el pequeño revólver cargado que había adquirido unos días antes.
Las horas pasaban; sonaban las horas en el reloj. Se apagaron todos los ruidos del palacio. Únicamente se oía a lo lejos, a través de las tapicerías de los muros, el retumbo suave y lejano de los coches en las calles.
La condesa aguardaba, enérgica y nerviosa. Ya no le temía; estaba dispuesta a todo, y se consideraba triunfante, porque el suplicio a que lo tenía sometido duraría toda la vida, sin darle un momento de tregua.
Las primeras luces del día se deslizaron por debajo de los flecos de las cortinas, y el conde no había aparecido todavía en el cuarto. Entonces ella comprendió que no volvería nunca más, y se quedó estupefacta. Cerró la puerta con llave y corrió el cerrojo de seguridad que ella había hecho colocar; luego se acostó y permaneció en la cama con los ojos abiertos, meditando, sin acabar de comprender, sin poder adivinar qué haría su marido.
Fue en el teatro de la Ópera durante un entreacto de Roberto el Diablo. Los caballeros estaban en pie en el patio de butacas, con el sombrero en la cabeza, vistiendo chaleco de ancha boca, que dejaba ver la camisa blanca, en la que brillaban el oro y las piedras preciosas de las abotonaduras; miraban a los palcos, cuajados de mujeres escotadas, llenas de diamantes y de perlas, como flores de un invernadero en el que la belleza de los rostros y el esplendor de los hombros desnudos abriesen sus cálices a todas las miradas, con un acompañamiento de música y de conversaciones.
Dos amigos, vueltos de espaldas a la orquesta, charlaban, mirando al mismo tiempo aquella colección de elegancias, aquella exposición de encantos, verdaderos o falsos, de joyas, de lujo, de jactancia, que se explayaban en círculo alrededor del gran teatro.
Roger de Salins, que era uno de los dos, dijo a su compañero, Bernardo Grandin:
-Fíjate qué hermosa sigue siempre la condesa Mascaret.
Entonces el otro miró con fijeza a un palco de enfrente, en el que había una señora alta muy joven, y que atraía todas las miradas de la sala con su deslumbrante belleza. Su tez pálida, con reflejos de marfil, le daba un aire de estatua; y sus cabellos, negros como la noche, ostentaban una estrecha diadema de diamantes, que brillaba como una vía láctea.
Bernardo Grandin, después de mirarla un buen rato, contestó con acento juguetón, en el que se transparentaba un sincero convencimiento:
-¡Vaya que si es hermosa! ¿Qué edad puede tener?
-Espera. Te lo voy a decir con exactitud. La conozco desde su niñez. Estuve presente cuando debutó en sociedad, de jovencita. Tiene..., tiene... treinta..., treinta..., treinta y seis años.
-No es posible.
-Estoy completamente seguro.
-Aparenta veinticinco.
-Ha tenido siete hijos.
-Es increíble.
-Viven los siete y es una buena madre. Visito de cuando en cuando su casa, que resulta agradable, muy tranquila y de un ambiente sano. Esta mujer ha realizado el fenómeno de vivir en familia sin dejar la vida social.
-¿Te parece extraordinaria? ¿Y nunca ha dado motivo a que se hable de ella?
-Nunca.
-Y ¿qué me dices de su marido? Es un tipo extraño, ¿verdad?
-Sí y no. Tal vez hay entre ellos un pequeño drama, uno de esos pequeños dramas del matrimonio cuya existencia se sospecha, que no llegan a clarearse bien, pero que se adivinan con bastante aproximación.
-Y ¿cuál es?
-Yo no sé nada. Mascaret, que era antes un marido perfecto, es hoy un gran juerguista. Cuando era buen marido, tenía un carácter infernal, siempre suspicaz y áspero. Desde que se dedica a divertirse, se ha hecho muy tratable; pero se diría que oculta una preocupación, un pesar, un gusano que lo roe. Y envejece mucho, al revés de su mujer.
Los dos amigos dedicaron entonces unos minutos a filosofar acerca de las penas secretas, misteriosas, que pueden surgir en una familia como consecuencia de la diversidad de caracteres o de antipatías físicas inadvertidas al principio.
Roger de Salins, que seguía con la atención fija en la señora de Mascaret, agregó:
-¿Quién va a creer que esa mujer ha tenido siete hijos?
-Pues los ha tenido, sí señor, en once años. Cuando llegó a los treinta, cerró su período de producción, para entrar en el de exhibición, cuyo final no se adivina todavía.
-¡Pobres mujeres!
-¿Por qué las compadeces?
-¿Por qué? Ponte a pensar un poco, amigo mío. ¡Once años de preñez para una mujer como ésa! ¡Qué infierno! Es la juventud entera, es toda la belleza, son las esperanzas de triunfo, todo el ideal poético de una vida brillante lo que se sacrifica a esa ley odiosa de la reproducción, que convierte a una mujer normal en una simple máquina de hacer hijos.
-Y ¿qué le vas a hacer? Es la Naturaleza.
-Sí; pero yo sostengo que la Naturaleza es nuestra enemiga, que debemos luchar siempre contra ella, porque tiende siempre a reducirnos a la vida animal. Lo que hay en la tierra de limpio, de bonito, de elegante y de ideal no es obra de Dios, sino del hombre, del cerebro humano. Somos nosotros los que nos hemos apoderado de la creación, cantándola, interpretándola, admirándola como poetas, idealizándola como artistas, explicándolo como sabios, que se equivocan, es cierto, pero que encuentran rezones ingeniosas y un poco de gracia, de belleza, de encanto oculto y de misterio a los fenómenos. Dios no hizo sino unos seres groseros, llenos de gérmenes de enfermedades, y que, después de unos pocos años de florecimiento animal, envejecen con todas las dolencias, fealdades y decrepitudes humanas. Parece que no los hubiera hecho sino para reproducirse asquerosamente y morir a continuación, como los efímeros insectos de las noches otoñales. He dicho "para reproducirse asquerosamente" y lo sostengo, e insisto. ¿Hay, en efecto, algo más innoble y repugnante que el acto indecente y ridículo de la reproducción de los seres, acto contra el cual se rebelan y se rebelarán eternamente todas las almas delicadas? Este Creador económico y malévolo que a todos los órganos ideados por Él dio dos finalidades distintas, ¿por qué no confió esta misión sagrada, la más noble y la más sagrada de las actividades humanas, a otros órganos menos desaseados y sucios? La boca, que nutre al cuerpo con los alimentos materiales, derrama también la palabra y el pensamiento. Sana la carne, al mismo tiempo que comunica la idea. El olfato, que proporciona el aire vital a los pulmones, lleva al cerebro todos los perfumes del mundo: el de las flores, el de los bosques, el de los árboles, el de la mar. La oreja, con la que recibimos la comunicación de nuestros semejantes, nos ha permitido asimismo inventar la música, y con ella el ensueño, la dicha, el infinito, además del placer físico del sonido. Pero cualquiera diría que el Creador, astuto y cínico, quiso privar para siempre al hombre de la posibilidad de ennoblecer, revestir de belleza, idealizar su unión con la mujer. Sin embargo, el hombre ha descubierto el amor, lo cual ya es algo, como réplica al Dios marrullero, y ha sabido ataviarlo tan bien de poesía literaria, que consigue que la mujer olvide a veces los contactos a que se ve sometida. Y aquellos de nosotros que sienten su impotencia para engañarse exaltándose, han inventado el vicio y refinado el libertinaje, lo cual constituye igualmente una manera de chasquear a Dios y de rendir homenaje a la belleza, aunque sea un homenaje impúdico. Pero el ser normal hace hijos a estilo de bestia apareada por la ley. ¡Fíjate en esa mujer! ¿No da grima pensar que semejante alhaja, que una perla como ésa, nacida para ser hermosa, admirada, festejada y adorada, haya tenido que pasar once años de su vida dando herederos al conde de Mascaret?
Bernardo Grandin contestó, riéndose:
-Hay mucho de verdad en lo que has dicho; pero hay muy pocas personas capaces de comprenderte.
Salins se fue animando.
-¿Sabes cómo concibo yo a Dios? -dijo-. Como a un monstruoso órgano creador, desconocido de nosotros, que siembra por el espacio millones de mundos, de la misma manera que un pez sembraría sus huevos en la mar si estuviese solo. Crea, porque crear es la función de Dios; pero no sabe lo que hace, es estúpidamente prolífico y no tiene conciencia de toda la serie de combinaciones a que da lugar con la difusión de sus gérmenes. Uno de los pequeños accidentes imprevistos de sus fecundidades ha sido el pensamiento humano; accidente local, pasajero, imprevisto, condenado a desaparecer con la tierra, para resurgir aquí o en otra parte, igual o distinto, en alguna de las combinaciones nuevas del eterno recomenzar de las cosas. Este pequeño accidente de la inteligencia tiene la culpa de que nos sintamos tan incómodos en lo que no había sido hecho ex profeso para nosotros, en lo que no estaba preparado para recibir, alojar, alimentar y dar satisfacción a seres dotados de pensamiento; y él también nos obliga a luchar constantemente, una vez que hemos llegado a ser verdaderamente refinados y civilizados, contra eso que se sigue llamando los designios de la Providencia.
Grandin, que lo escuchaba con atención, porque conocía de tiempo atrás las deslumbradoras paradojas de su fantasía, le preguntó:
-Según eso, ¿el pensamiento humano es un producto espontáneo de la ciega fecundidad divina?
-¡Desde luego! Una función fortuita de los centros nerviosos de nuestro cerebro, por el estilo de las reacciones químicas imprevistas producidas por nuevas mezclas por el estilo también de una producción de electricidad creada por frotamientos o yuxtaposiciones inesperadas, parecidas, en fin, a todos los fenómenos engendrados por las fermentaciones infinitas y fecundas de la materia viva. Amigo mío, basta mirar a nuestro alrededor para que se nos entre la prueba por los ojos. Si un creador consciente hubiese previsto que el pensamiento humano había de llegar a ser lo que es hoy, una cosa tan distinta del pensamiento y de la resignación de los animales, exigente, investigadora, agitada, inquieta, ¿hubiera creado para recibir al hombre de hoy este incómodo recinto de animaluchos, este campo de hortalizas, esta huerta de legumbres silvestres, rocosa y esférica, que nuestra imprevisora Providencia nos preparó para que viviésemos en él desnudos, dentro de grutas o en los árboles, alimentándonos con la carne de los animales, hermanos nuestros, qué matásemos, o con hierbas crudas que crecen a la intemperie del sol o de la lluvia?
"Basta un segundo de reflexión para comprender que este mundo no ha sido hecho para criaturas como nosotros. El pensamiento, que brotó y se desarrolló por un milagro nervioso de las células de nuestro cerebro, hace de todos nosotros, los intelectuales, unos lamentables y perpetuos desterrados en la tierra, porque es y será siempre impotente, ignorante y lleno de confusiones.
"Contémplala, a esta tierra nuestra, tal y como Dios la ha entregado a los que en ella habitan. ¿No es evidente que está dispuesta, con sus plantas y bosques, únicamente para que vivan en ella animales? ¿Qué se encuentra en ella para nosotros? Nada. Ellos, en cambio, lo tienen todo: las cavernas, los árboles, el follaje, los manantiales, el cobijo, el alimento y la bebida. Por eso las personas exigentes como yo se encuentran siempre en ella a disgusto. Tan sólo aquellos que se parecen mucho al bruto están aquí contentos y satisfechos. Los demás, los poetas, los exquisitos, los soñadores, los investigadores, los inquietos... ¡Ah, qué pobres diablos!
"Comemos repollos y zanahorias, sí señor, y cebollas, nabos y rábanos, porque no hemos tenido más remedio que acostumbrarnos a comer todas esas cosas y hasta a aficionarnos a ellas, porque es lo único que aquí se cría; pero lo cierto es que se trata de una comida de conejos y de cabras, lo mismo que la hierba y el trébol son alimentos de caballos y de vacas. Cuando contemplo las espigas de un campo de trigo maduro, no pongo ni por un momento en duda que aquello ha brotado del suelo para que se lo coma el pico de los gorriones o de las alondras, pero no mi boca. Por consiguiente, cuando mastico el pan, no hago otra cosa que robar lo suyo a los pájaros, lo mismo que les robo a la comadreja y a la zorra cuando como gallinas. La codorniz, la paloma y la perdiz, ¿no son la presa natural del gavilán? El carnero, el corzo y el buey, ¿no lo son de los grandes animales carniceros? ¿O es que creemos que están destinados al engorde, para que nos sirvan a nosotros su carne asada, con trufas que los cerdos desentierran ex profeso para nosotros?
"Los animales no tienen aquí abajo otra preocupación que la de vivir. Están en su propia casa, alojados y alimentados, y no tienen que ocuparse más que de pacer, cazar o comerse entre ellos, de acuerdo con sus instintos, porque Dios no previó jamás la benignidad y las costumbres pacíficas; lo único que Él ha previsto es la muerte de los seres, que se destruyen unos a otros y se devoran con encarnizamiento.
"En cuanto a nosotros, ¡qué de trabajo, esfuerzos, paciencia, inventiva, imaginación; qué de habilidad, talento y genio han sido necesarios para hacer casi habitable este suelo pedregoso y salvaje!
"Piensa por un momento en todo lo que hemos tenido que llevar a cabo, a pesar de la Naturaleza o contra la Naturaleza, para instalarnos de una manera menos que mediana, con muy poca comodidad y elegancia, en condiciones indignas de nosotros.
"Cuanto más civilizados, inteligentes y refinados seamos, más obligados estamos a vencer y domar el instinto animal, que es la representación dentro de nosotros de la voluntad de Dios.
"Piensa en que hemos tenido necesidad de inventar la civilización, conjunto que tantas cosas abarca, tantas, tantísimas, desde los calcetines hasta el teléfono. Piensa en todo lo que tienes delante de los ojos todos los días, en todas las cosas de que nos servimos de una manera u otra.
"Para hacer más llevadero nuestro destino de brutos, hemos descubierto y fabricado toda clase de objetos, empezando por las casas y siguiendo por los alimentos más exquisitos, bombones, pastelería, bebidas, licores, telas, vestidos, adornos, camas, colchones, carruajes, ferrocarriles y toda suerte de máquinas; hemos descubierto, además, las ciencias y las artes, La escritura y los versos. Sí; hemos creado las artes, la poesía, la música, la pintura. De nosotros, los hombres, arranca todo el ideal, y también toda la coquetería de la vida, el atavío de las mujeres y el talento de los hombres, cosas todas que han acabado por adornar, por hacer menos árida, monótona y dura esta existencia de simples reproductores, única para la que nos infundió aliento la divina Providencia.
"Fíjate en este teatro. ¿Qué ves aquí dentro sino un mundo no previsto por los destinos inmortales, ignorado por ellos, que sólo nuestras inteligencias son capaces de comprender; una distracción agradable, sensual e inteligente, inventada ex profeso para nosotros, bestezuelas descontentadizas e inquietas?
"Observa a esa mujer, la señora de Mascaret. Dios la hizo para vivir en una caverna, desnuda o arrebujada en pieles de animales. ¿No está mucho mejor tal como la vemos? Y, a propósito: ¿se sabe cómo y por qué su marido, teniendo a su lado una compañera como ella, la abandonó de pronto y se dio a correr detrás de cualquier perdida, sobre todo después de haber sido lo bastante patán para hacerla siete veces madre?
Grandin le contestó:
-¡Alto ahí, querido! Esa es probablemente la única razón, su cazurrería. Acabó descubriendo que el dormir en casa le salía demasiado caro. Llegó, por cálculos de economía doméstica, a las mismas conclusiones a que tú llegas con la filosofía.
Sonaron los tres golpes que indicaban que iba a empezar el tercer acto. Los dos amigos se volvieron de cara al escenario, se descubrieron y tomaron asiento.
El conde y la condesa de Mascaret, sentados el uno al lado del otro dentro del cupé que los llevaba a casa, no despegaban los labios. Pero, de pronto, dijo el marido a su mujer:
-¡Gabriela!
-¿Qué me quiere usted?
-¿No le parece que esto ha durado ya bastante?
-¿A qué se refiere?
-Al suplicio ignominioso a que me tiene sometido desde hace seis años.
-Yo nada puedo hacer.
-¿Cuál de ellos es? Dígamelo de una vez.
-Jamás.
-Piense usted que ya no puedo mirar a mis hijos ni sentirlos a mi lado sin que la duda me destroce el alma. Dígame cuál de ellos es, y yo le juro que perdonaré y que lo trataré igual que a los demás.
-No tengo derecho a obrar de esa manera.
-¿No ve usted que ya no puedo soportar más esta vida, esta idea que me corroe, esta pregunta que me formulo constantemente y que constituye mi tormento cada vez que los miro? Acabaré por volverme loco.
-Entonces, ¿ha sufrido usted mucho?
-De un modo espantoso. Sin ese sufrimiento no me habría resignado yo al horror de vivir al lado de usted ni al horror, más grande todavía, de saber que hay entre ellos uno, que yo no puedo saber cuál es, que me impide querer a los otros.
Ella insistió:
-¿De modo que ha sufrido usted, real y verdaderamente?
El marido le contestó con acento que delataba su dolor:
-¿No le vengo repitiendo todos los días que ya no puedo soportar más semejante suplicio? Si yo no quisiese a mis hijos, ¿habría vuelto, habría seguido viviendo en esta casa, a su lado y al lado de ellos? Se ha portado usted conmigo de una manera execrable. Sabe usted perfectamente que todas las ternuras de mi corazón son para mis hijos. Soy para ellos un padre a la antigua, lo mismo que he sido para usted un marido por el estilo de las antiguas familias, porque yo sigo siendo un instintivo, un hombre primitivo, de otros tiempos. Sí, lo reconozco; usted despertó en mi unos celos atroces, porque es una mujer de otra raza, de otra alma, con otras necesidades. No olvidaré jamás sus palabras, no las olvidaré jamás. A decir verdad, a partir de aquel día no me he preocupado ya de lo que usted pudiese hacer. Si no la maté fue porque, matándola, desaparecería para mi toda esperanza de saber cuál de nuestros..., de los hijos de usted, no es mío. He esperado, pero he sufrido más de lo que usted podría imaginarse, porque ya no me atrevo a quererlos, con excepción quizá de los dos mayores; no me atrevo a mirarlos, ni a llamarlos, ni a besarlos, ni a coger a uno sobre mis rodillas, sin que en seguida me pregunte: "¿No será éste?" Y desde hace seis años me he conducido correctamente con usted, y hasta he sido cariñoso y complaciente. Dígame la verdad, y yo le juro que no haré nada malo.
A pesar de la oscuridad del carruaje, creyó él adivinar que su mujer estaba conmovida, y tuvo la sensación de que, por fin, iba a hablar. Por eso insistió:
-Se lo ruego, se lo suplico a usted.
Ella dijo con voz muy queda:
-Quizás he sido más culpable de lo que usted me supone; pero yo no podía, se lo aseguro, continuar con aquella vida odiosa de perpetua preñez. Sólo un recurso tenía para alejarlo a usted de mi lecho. Mentí delante de Dios, y mentí cuando juré con la mano levantada sobre la cabeza de mis hijos, porque jamás lo he engañado.
Él la agarró del brazo en la oscuridad y se lo estrujó de la misma manera que el día terrible de su paseo al Bosque, diciéndole:
-¿Es cierto?
-Es cierto.
Pero él, estremecido de angustia, gimió:
-¡Ahora me voy a ver envuelto en nuevas dudas, y no saldré de ellas jamás! ¿Cuándo mintió usted: entonces o en este momento? ¿Cómo voy a creerle lo que me dice? ¿Cómo dar fe, después de esto, a las palabras de una mujer? No conseguiré nunca saber a qué atenerme. Hubiera preferido que me dijese: "Es Santiago o es Juana..."
El carruaje entraba en el patio del palacio. Como siempre, cuando aquél se detuvo delante de la escalinata, descendió el conde el primero, y ofreció el brazo a su mujer para subir las escaleras.
Cuando llegaron al primer piso, volvió a decirle:
-¿Puedo hablar algunos instantes más con usted?
Ella le contestó:
-Con mucho gusto.
Entraron en un salón pequeño y un lacayo encendió las luces, sorprendido.
Cuando estuvieron a solas, siguió hablando:
-¿Cómo voy a saber la verdad? Mil veces le pedí que hablase, y usted se encerró en su mutismo, permaneció impenetrable, inflexible, inexorable, y ahora, de pronto, me dice usted que mintió. ¡Y me ha mantenido usted por espacio de seis años en semejante creencia! No; cuando miente es hoy; no sé por qué razón, por compasión quizá.
Ella le contestó con expresión sincera y convencida:
-Si no hubiese procedido así, habría tenido en estos seis años cuatro hijos más.
Entonces él exclamó:
-¿Es ése el lenguaje de una madre?
-¿Cómo? -contestó ella-. Yo no me siento madre de los hijos que aún no han nacido; me basta con serlo de los que ya tengo, y con amarlos con todo mi corazón. Yo soy..., nosotras somos mujeres de un mundo civilizado, caballero. No somos ya, y nos negamos a serlo, simples hembras destinadas a repoblar la tierra.
La condesa se puso en pie, pero él le agarró las manos.
-Una palabra, Gabriela; una sola palabra. ¡Dígame la verdad!
-Acabo de hacerlo. Jamás lo engañé.
Él la miró a la cara y la vio muy hermosa, con sus ojos grises como un cielo frío. Brillaba en su oscuro peinado, en la opaca noche de sus negros cabellos, la diadema salpicada de diamantes, semejante a una vía láctea. Y sintió de pronto, lo sintió por una especie de intuición, que aquel ser que tenía delante no era una simple mujer destinada a perpetuar su raza, sino el producto extraño y misterioso de tantos complicados anhelos que los siglos han ido amontonando en nosotros, anhelos que, apartándose de su primitiva y divina finalidad, persiguen una belleza mística, entrevista e inalcanzable. Así son algunas mujeres, flores de ensueño únicamente, ataviadas de todo cuanto la civilización ha puesto de poesía, de lujo ideal, de coquetería y de encanto estético en torno a la mujer, estatua de carne que despierta apetitos inmateriales en tanto grado como la fiebre de la sensualidad.
El esposo permanecía en pie delante de ella, estupefacto de aquel tardío descubrimiento, palpitando confusamente la causa de sus antiguos celos y sin ver claro todavía en aquel problema. Y, al fin, dijo:
-Creo lo que me dice. Me doy cuenta de que ahora dice usted la verdad. En aquella ocasión, efectivamente, tuve siempre el recelo de que mentía.
Ella le alargó la mano:
-Entonces, ¿quedamos amigos?
Él se la tomó y se la besó, contestándole:
-Quedamos amigos. Gracias, Gabriela.
Se retiró, sin dejar de mirarla, maravillado de lo hermosa que era todavía, sintiendo nacer en su interior una emoción extraña, más temible quizá que su antiguo y sencillo amor.

Guy de Maupassant

Ver: La cabellera  http://vieliteraire.blogspot.mx/2013/07/la-cabellera_11.html
El bigote  http://vieliteraire.blogspot.mx/2013/03/el-bigote_25.html
La mano encantada  http://vieliteraire.blogspot.mx/2012/06/la-mano-encantada.html
Remedio para melancólicos  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/remedio-para-melancolicos.html
La cafetera  http://vieliteraire.blogspot.mx/2014/06/la-cafetera.html

La Maravilla Americana

Sobre el análisis pictórico y divino de La Virgen de Guadalupe hecha por Miguel Cabrera

Gran milagro en verdad fue la beata siempre Virgen María. Pues ¿qué cosa mayor que ella o más ilustre se ha encontrado jamás en ningún tiempo, o se podría encontrar alguna vez? Esta sola superó en grandeza al Cielo y la Tierra… ¡Salve, pues, Madre, Cielo, Doncella, Virgen, Trono, Ornato de nuestra Iglesia, Gloria y Firmamento! Francisco Xavier Lazcano

En 1751, Miguel Cabrera fue comisionado por el Abad y Cabildo del Santuario de Guadalupe para que dictaminara si la imagen de la Virgen de Guadalupe era o no obra de industria humana. Cabrera encabezó un equipo que reunía a los pintores más reconocidos de la época: José de Ibarra, Juan Patricio Morlete Ruiz, Francisco Antonio Vallejo, José de Alzíbar y Manuel Osorio. El dictamen de Cabrera, acompañado de la opinión de los demás pintores, fue impreso en la ciudad de México en 1756, mismo año en que fue realizado éste lienzo que seguramente está tomado de una de las tres copias realizadas en 1752 por el propio Cabrera. La obra respeta en todo al modelo original, incluyendo los ciento veintinueve rayos que rodean a la figura.
No sólo es la pintura universal idioma, sino lenguaje angélico, y si esto hace relación a aquellos famosos artífices que de estos nombres ha habido en la pintura, como Miguel Ángel y Rafael de Urbina, ya debe entrar don Miguel Cabrera, pues no menos, en lo que pinta que en lo que discurre, parece hacerlo como un ángel. Salió la obra de tan ilustre primor, que venció la copia a su original. Propiedad es de la pintura es la perspicacia, porque mediante ella los artífices especulan los más ocultos primores: sino más bien, porque la pintura hace que sea contemplada la belleza de los cuerpos, dijo Aristóteles, y en ninguna de sus pinturas mostró su perspicacia nuestro autor como en este su fundado papel, pues aquí declara no sólo lo prodigioso de su duración el lienzo en que está, la falta de disposición, lo heróico deldibujo, las cuatro especies de pintura y el oro que le hermosea, sino también haber asegurado la experiencia, que entre las muchas imágenes que se copian, no ha salido una que tenga perfecta semejanza; declarando por último ser una pintura del Cielo.
Encantada hasta ahora nuestra feliz América con el bellísimo semblante de la hermosísima guadalupana imagen, le tributaba todos los afectos de los corazones, brillante holocausto debido a la Princesa de las gracias; y ya con los claros resplandores, arrebata también los entendimientos. Preguntando tal vez Aristóteles por qué nos cautivaba tan irresistiblemente la hermosura y esta pregunta la podría hacer sólo un ciego, dificultando así la crítica de algunos el por qué de nuestros pasmos, de nuestras admiraciones, de nuestros encantos, de nuestros hechizos y también de nuestras presunciones; del congratularnos tan distinguidamente favorecidos del cielo en la inestimable imagen Guadalupana.
Conjunto de maravillas para los pintores; un empíreo de nuevas verdades para los teólogos; una peregrina esfera con jamás vistos luminares para los astrólogos; un agregado de pasmos para los médicos; asunto felicísimo para los retóricos; y el objeto más armonioso para la divina fantasía de los poetas, y una universidad entera de portentos, de milagros, de verdades, de gracias para los racionales ángeles y hombres. Reducido todo el cielo al espacio corto, estampado el nombre de la Reina del Universo en las flores; y a los campos engalanados con estrellas, y a los cielos coronados de rosas. Volara la pluma de luces si no le sujetara lastre el plomo del ingenio. Y así lo digo en una palabra: que siendo la guadalupana imagen delicioso concepto del ingenio de Dios.
Es la tela o lienzo en que está pintada la Virgen Guadalupana, según parece, un tejido grosero de ciertos hilos que vulgarmente llamamos pita, que sacaban los indios de unas palmas propias de este país, de que en la antiguedad labraban sus pobres mantas, a las cuales en su natural idioma llaman ayatl y nosotros, vulgarmente, ayate. Su trama y color es semejante a el lienzo crudo o bramante de la Europa, aunque no es como el superior ni el ínfimo, sino como el que regularmente tenemos por mediano. Otros han discurrido que esta maravillosa manta está tejida de la pita que sacaban del maguey. A lo que no asiento; y la razón es que los ayates que vemos de esta planta y que todavía usan hoy los indios, son demasiadamente groseros; y el de nuestra imagen no es tanto, aunque lo parece por algunas marras o hilos que se encuentran en su trama.
Es el dibujo tan singular, tan perfectamente acabado, y tan manifiestamente maravilloso, que tengo por muy cierto que cualquiera que tenga algunos principios de este arte. Consiste, pues, el dibujo en aquella perfecta perfecta alineación. La correspondencia de las líneas con el todo, la simetría. No sé explicar el pasmo que me causa esta maravilla del arte, porque es tal su primor, que se levanta mucho más allá de la más sutil destreza de él. Su bellísima y agraciada simetría, la ajustada correspondencia del todo con las partes y de éstas con el todo. La fidelidad de su dibujo, exquisito y primorosamente ejecutado, pues no le han podido imitar lo más excelentes pintores.
Tiene en toda su altura ocho rostros y un tercio, al que añadiéndole otro más por lo poco que se inclina, resultan ocho rostros y dos tercios distribuidos en el modo siguiente. El primero desde el nacimiento del pelo hasta el extremo de la barba; el segundo desde aquí hasta los virginales pechos, y así los demás incluyéndose los dos tercios en toda su estatura, esto es, desde la superficie de la cabeza hasta sus sagradas plantas, que regularmente tiene una doncella bien proporcionada de esa edad; con que se halla conforme a las reglas y tamaños del natural.
Es su amabilísimo rostro de tal contextura, que ni es delgado ni grueso. Déjanse ver en él unos perfiles en los ojos, nariz y boca. La frente es bien proporcionada, a la que le causa el pelo, que es negro, especial hermosura. Las cejas son delgadas y no rectas; los ojos bajos y como de paloma, tan apacibles y amables, que es inexplicable el regocijo y reverencia que causa el verlos. La nariz en bella, y correspondiente proporción con las demás parteses linda. La boca es una maravilla, tiene los labios muy delgados. La barba corresponde con igualdad a tanta belleza y hermosura. Las mejillas sonrosean y el colorido es poco más moreno que el de perla. La garganta es redonda.
Mano más que humana fue, a mi corto juicio, la que ejecutó en este lienzo, pasmo de belleza, suavidad, unión, dulzura y, en fin, salió portento del más acendrado primor y valentía que se puede imaginar en cada una de las cuatro especies que la componen: al óleo, al temple, de aguazo y labrada al temple, quedando en este divino retrato la pintura jamás antes vista, como de un pincel del cielo. La cabeza y las manos al óleo; la túnica y el ángel con las nubes que le sirven de orla, al temple, el manto, de aguazo, y el campo sobre el que caen y terminan las rayas se percibe como pintura labrada al temple. Son éstas técnicas tan distintas en su práctica y es tan eficaz que me persuado a que es sobrenatural esta prodigiosa pintura. La primera al óleo, se ejecuta en virtud de aceites desecantes con unión. La segunda, al temple, con goma, cola o cosas semejantes. La tercera, de aguazo, se ejecuta sobre lienzo blanco y delgado, y su disposición es humedecer el lienzo por el reverso, sirviendo para los claros; de lo que se pinta el mismo que da la tela. La pintura labrada al temple, cubre en el mismo hecho de pintar la superficie, y pide que la materia en que se pinta sea firme y sólida. ¿Quién dirá que la nunca vista conjunción de estos cuatro estilos tan distintos de pintar tan bellamente ejecutados y unidos en una superficie como la dicha, es obra de la industria o arte humana? Yo por lo menos tendría escrúpulo en afirmarlo porque sé lo insuperable que es a las humanas fuerzas, como es mezclarse unas con aceite, otras con agua y gomas. En la variedad de cuatro técnicas de pintura tan diversas, que jamás se han visto unidas; aquí no sólo se unen, sino que todas conspiran a la formación del más bello todo que puede concebir la fantasía.
Es el oro de que se viste la Emperatriz Soberana en su sagrada imagen, asombro que no sólo embelesa, sino que sorprende a los más peritos artífices en esta facultad, porque es tan especial. Se asemeja mucho a aquel que a las mariposas dio naturaleza en las alas; pero con admiración mía. observé que es todo lo contrario, porque noté lo incorporado que está el oro con la trama, de tal manera que que parece que fue una cosa misma tejerla y dorarla, pues se ven distintamente todos sus hilos como si fueran de oro. Tiene la Santa Imagen dorada la túnica con unas flores de extraño dibujo. Tiene también dorada la fimbria de la túnica y la del manto; están doradas las estrellas y los rayos del sol que viste la Santa Imagen, y también está dorada su real corona. Cosa que hallo por imposible que ningún hombre hiciera; porque es el perfil como del grueso de un pelo, poco más, y éste tan igual y con tal aseo y primor, que sólo acercándose se percibe.
Hoy vemos el manto de nuestra imagen en un color que ni es azul ni es verde, pero participa de ambos, siendo muy fino en su especie. El manto le cubre modestamente parte de la cabeza, sobre el que tiene la real corona que se compone de diez puntos o rayos; y desde aquí descendiendo por el lado derecho hasta descansar sobre la luna, descolgándose aún más abajo de ella el extremo de donde está asido el ángel que sostiene. Cuarenta y cuatro estrellas: veinte por el lado diestro y por el otro veinticuatro, las que en orden colocadas forman cada cuatro de ellas una cruz; y en este modo unas con otras llenan vistosamente el precioso manto. A más de la luna tiene por trono de sus Sagradas plantas un ángel que manifiesta bastantemente en su tierno semblante la alegría reverente con que sirve a su Reina. Tiene inclinada la cabeza sobre el lado izquierdo, y se deja ver hasta más abajo del pecho. La túnica esrosada, y en donde le hiere la luz muy clara y tan bellamente trabajados o ejecutados sus trazos, a la que abrocha el cuello un botón amarillo. Por este lado se le desprende la fimbra de la túnica y por el derecho la del manto, y de estos dos extremos está asido el hermoso atlante, cargando sobre su cabeza; y en el encuentro del ala izquierda la luna, sobre quien pisa María Santísima, cuyo calzado es de color amarillo oscuro. Está este glorioso espíritu en ademán o movimiento de quien acaba de volar; y esto se conoce no sólo en la actitud o movimiento que nos representa su dibujo, sino también en las alas, que teniéndolas a medio recoger, parece que ya suspendió su vuelo, también lo da a entender el que no carga con el ala derecha para sostener. Tiénelas matizadas en un modo que hasta ahora no se ha visto ejecutado por pintor alguno; porque las plumas de una y otra se dividen en tres clases u órdenes, de manera que los dos encuentros son de un azul finísimo a que se sigue un orden de plumas amarillas y las del tercer orden, encarnadas, aunque estos colores no son tan vivos o subidos como suelen pintarlos. Tiene por respaldo nuestra Guadalupe Reina un sol que hermosamente la rodea, el que se compone de cientoveintinueve rayos: sesentaidos por el lado derecho y sesentaisiete por el siniestro, tan lucidos y bien ejecutados que da que admirar su buena disposición. Hay igual distancia entre unos y otros, son unos un tanto cuanto serpeados, como que centellean, y los otros, rectos, están colocados en este orden: uno recto y otro serpeado. Sírvele de fondo a este luminar el campo que se deja ver entre sus rayos en un modo extraño, porque el contorno de la Señora es tan blanco, que parece estar reverberando de un color amarillo oscuro y se concluye por el contorno de nubes rosadasy casi rojas. Terminan los rayos en punta hasta casi tocar en las nubes y éstas haciendo un rompimiento le forman a nuestra Reina un nicho u orla en cuyo centro está su Real Persona.
Nuestra Santísima Madre, Virgen de Guadalupe, nombrada aquí, es, a mi parecer, la conciliadora entre dos formas de adoración y veneración, y la unión de dos mundos adversos; porque en su manto lleva el firmamento, a sus pies la luna y detrás de ella el resplandor del sol; noche y día, sombra y luz. Y sus manos en forma de oración nos muestran una mano morena, como la de Nuestro pueblo y otra mano, blanca, como la de Nuestros conquistadores.
Sólo la vista de esta celestial maravilla eficazmente persuade, y más a los inteligentes, que toda es obra milagrosa, y que excede con clarísimas ventajas a cuanto puede llegar la mayor valentía del arte: el lienzo por sí y por lo que es pintura, es el más auténtico testimonio del milagro, en un modo tan soberano e incomprensible, que no se puede explicar con la materialidad. Y el habernos dejado nuestra Dulcísima Madre esta milagrosa memoria, bellísimo retrato suyo, parece que fue a adaptarse al estilo o lenguaje de los indios. Ya dijimos lo extraño de su dibujo; sobre el pie derecho a poca distancia del cañón principal que descansa sobre él en una quiebra que hace, tiene un número ocho, índice, a mi ver, con que nos acuerda que su portentosa y primera aparición fue dentro de la octava de su Concepción Purísima, de cuyo misterio es la más fiel y ajustada copia; si no es que diga que este número nos quiere decir que es la Octava Maravilla del Mundo.
Vivamos, pues, agradecidos a tan gran beneficio, no sólo por el esplendor y nobleza que aquí resulta a la pintura sino mucho más, porque semejante favor hasta hoy a ninguna otra nación se ha concedido. Todo ceda en honra y gloria de Dios, en culto y veneración de Nuestra Santísima Madre y en comprobación de su maravillosa y celestial pintura.

Maravilla Americana, 1756, (Editado por Graciela Mejía González).


Ver: San Miguel Arcángel, Luis Juárez https://vieliteraire.blogspot.mx/2013/07/san-miguel-arcangel-luis-juarez.html
El secreto de los flamencos  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/el-secreto-de-los-flamencos.html
La arquitectura divinizada   https://vieliteraire.blogspot.mx/2014/08/la-arquitectura-divinizada.html
La magnolia, Julio Ruelas  http://vieliteraire.blogspot.mx/2013/07/la-magnolia-julio-ruelas.html
El espíritu del universo  https://vieliteraire.blogspot.mx/2015/01/el-espiritu-del-universo.html
De las artes imitables https://vieliteraire.blogspot.mx/2012/02/de-las-artes-imitables.html
Naturaleza muerta 1954, Rufino Tamayo  http://vieliteraire.blogspot.mx/2013/08/naturaleza-muerta-1954-rufino-tamayo.html
Drácula, la personificación de una divinidad pagana maligna  https://vieliteraire.blogspot.mx/2017/04/dracula-la-personificacion-de-una.html

El Pescador y su alma


Se moría durmiendo y vivía soñando.
Y su sueño era el agua que cubría la orilla.
Corbière


Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar, y arrojaba sus redes al agua. Cuando el viento soplaba desde tierra, no lograba pescar nada, porque era un viento malévolo de alas negras, y las olas se levantaban empinándose a su encuentro. Pero en cambio, cuando soplaba el
viento en dirección a la costa, los peces subían desde las verdes honduras y se metían nadando entre las mallas de la red y el joven Pescador los llevaba al mercado para venderlos. Todas las tardes el joven Pescador se internaba en el mar. Un día, al recoger su red, la sintió tan
pesada que no podía izarla hasta la barca. Riendo, se dijo:
—O bien he atrapado todos los peces del mar, o bien es algún monstruo torpe que asombrará a los hombres, o acaso será algo espantoso que la gran Reina tendrá deseos de contemplar. Haciendo uso de todas sus fuerzas fue izando la red, hasta que se le marcaron en relieve las venas de los brazos. Poco a poco fue cerrando el círculo de corchos, hasta que, por fin, apareció la red a flor de agua.
Sin embargo no había cogido pez alguno, ni monstruo, ni nada pavoroso; sólo una sirenita que estaba profundamente dormida. Su cabellera parecía vellón de oro, y cada cabello era como una hebra de oro fino en una copa de cristal. Su cuerpo era del color del marfil, y su cola era de plata y nácar. De plata y nácar era su cola y las verdes hierbas del mar se enredaban sobre ella; y como conchas marinas eran sus orejas, y sus labios eran como el coral. Las olas frías se estrellaban sobre sus fríos senos, y la sal le resplandecía en los párpados bajos. Tan bella era aquella sirenita que cuando el joven Pescador la vio, se sintió sobrecogido de maravilla, alargó la mano y la atrajo hasta él; luego inclinándose sobre el borde de la barca, la tomó en brazos. Pero apenas la tocó, la sirenita gritó como una gaviota asustada, y despertó, y lo miró con sus ojos de amatista llenos de terror, esforzándose en un vano intento de escapar. Él la sujetó poderosamente abrazada, sin dejarla escapar. Cuando la sirenita comprendió que no había forma de huir se puso a llorar y dijo:
—Te suplico que me dejes en libertad. Soy la hija única de un Rey, y mi padre ya es viejo y vive
solo.
Pero el joven Pescador respondió:
—No te soltaré hasta que me prometas que cada vez que te llame obedecerás mi llamada, y cantarás para mí. A los peces les fascina el oír las canciones del pueblo del mar, y así mis redes estarán siempre llenas.
—¿Juras que me soltarás si te hago esa promesa? —preguntó la sirena.
—Juro que te soltaré —respondió el joven Pescador.
Ella hizo entonces la promesa pactada, jurando con el juramento de los hijos del Mar. Él abrió los brazos y la sirenita se sumergió en el agua temblando con un extraño temblor. Todas las tardes el joven Pescador se internaba mar adentro, y llamaba a la sirena, y ella acudía invariablemente; salía del agua y cantaba. En torno de ella nadaban los delfines, y las gaviotas le revoloteaban sobre la cabeza. Cantaba una canción maravillosa. Cantaba sobre los hijos del Mar que llevan sus rebaños de gruta en gruta, cargando los ternerillos al hombro; cantaba acerca de los tritones, que tienen largas barbas verdes y pechos velludos, y hacen sonar sus retorcidas caracolas cuando pasa el Rey; cantaba sobre el palacio del Rey que es todo de ámbar, y su techo es de claras esmeraldas, y el pavimento está formado de resplandecientes perlas; y cantaba sobre los jardines del Mar, donde los grandes abanicos de coral se balancean todo el día, y los peces nadan alrededor como pájaros de plata, y las anémonas se cogen a las rocas y en la arena amarilla florecen con grandes corolas rojas. Cantaba de las vastas ballenas, que bajan de los mares del Norte con sus barbas cuajadas de agudos carámbanos; cantaba también acerca de las sirenas, que cantan tales maravillas, que los mercaderes deben taparse con cera los oídos, por temor, al escucharlas, de saltar al agua y ahogarse; cantaba sobre las naves hundidas, con sus altos mástiles y sus marineros aferrados aún a las jarcias, y de las caballas entrando y saliendo por los huecos abiertos en el casco; cantaba sobre las lapas diminutas, que son grandes viajeras porque adheridas a la quilla de los barcos dan vueltas al mundo una y otra vez; y cantaba de las jibias, que habitan los arrecifes y extienden sus largos brazos negros, y pueden crear la noche cuando se les antoja. Cantaba al Nautilus, que tiene un barquito tallado en ópalo y se gobierna con una vela de plata; cantaba a los grandes leones marinos, con sus colmillos curvos, y a los hipocampos, de crines flotantes y graciosos cuerpos de carey rojo y cabriolante. Mientras la sirenita cantaba, los atunes subían de las profundidades para oíra, y el joven Pescador lanzaba sus redes al mar y los atrapaba, o bien traspasaba con su arpón a los más grandes. Y cuando tenía su barca bien cargada, la sirena le sonreía y se sumergía nuevamente hacia el reino de su padre. Sin embargo, ella nunca se le acercó tanto como para que el Pescador pudiese volver a tocarla. Muchas veces él la llamó y le suplicó, pero ella no quería; y cuando trataba de capturarla, ella se zambullía en el mar con la grácil rapidez de una foca, y ya no volvía a verla en todo el día. Y cada día el sonido de su voz era más dulce. Tan dulce era la voz de la sirena que a veces el pescador olvidaba sus redes. Esas tardes pasaban en cardumen los atunes con sus aletas purpúreas y sus ojos de oro elástico, sin que el pescador se diera cuenta. Esas tardes el arpón descansaba ocioso a su lado, y los cestos de mimbre quedaban vacíos. El Pescador, con los labios entreabiertos y los ojos llenos de maravilla, se quedaba muy quieto en la barca, escuchando, escuchando, hasta que la niebla llegaba arrastrándose a envolver la embarcación y la luna tenía de plata su cuerpo de bronce. Y una tarde llamó a la sirena y le dijo:
—Sirenita, sirenita, yo te quiero. Seamos novios, porque estoy enamorado de ti..
Pero la sirena negó moviendo tristemente la cabeza, mientras decía:
—Tienes un alma humana. Sólo podría amarte yo si tú te desprendieses de tu alma.
Entonces el joven pescador se dijo:
—¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco. La despediré, y podré ser feliz.
Y de sus labios surgió un grito de alegría, y poniéndose de pie en su barca extendió los brazos
hacia la sirena, y le dijo:
—Expulsaré a mi alma, y entonces seremos novios, y viviremos juntos en lo más profundo del mar, y me mostrarás todo lo que has cantado, y yo haré todo lo que quieras, y ya nunca podrán separarse nuestras vidas.
Y la sirenita rió alegremente, escondiendo el rostro entre las manos.
—Pero ¿cómo podré desprenderme de mi alma? —preguntó el pescador—. Dime qué debo hacer y lo haré ahora mismo.
—¡Ay! —repuso la sirenita—. ¡Yo no lo sé! Los hijos del Mar no tenemos alma.
Lo miró con sus ojos ardientes y se hundió en lo profundo.

* * *

Al día siguiente, muy temprano, cuando el sol todavía no se alzaba un palmo por sobre la colina, el joven pescador se dirigió a la casa del cura, y llamó tres veces a la puerta. El novicio se asomó por el postigo y cuando vio de quien se trataba, descorrió el cerrojo y le dijo:
—Entra.
El joven entró, se arrodilló sobre la estera de juncos del suelo, y dijo al cura, que leía el Libro Santo:
—Padre, estoy enamorado de una hija del Mar, y mi alma impide que consiga mi deseo. Dime por favor, qué es lo que debo hacer para librarme de mi alma, porque no la necesito: ¿De qué me sirve mi alma? No puedo verla, no puedo tocarla, no la conozco.
—¡Oh, mi muchacho, estás loco o has comido quizás algún hongo venenoso! El alma es lo más noble que hay en el hombre, y nos fue dada por Dios para que la usemos noblemente. Nada hay tan precioso como el alma humana, ni cosa terrestre alguna que pueda comparársele. Vale todo el oro del mundo, y es más preciosa que los rubíes de los reyes. Hijo mío, no pienses más en algo así, porque incluso tal pensamiento es un pecado mortal. Los hijos del Mar, ellos están perdidos, y los que tienen comercio con ellos, lo están también. Son como las bestias del campo, que no distinguen el bien del mal. ¡Por ellos no murió nuestro Señor Jesucristo! Al escuchar las amargas palabras del cura, al joven Pescador se le llenaron de lágrimas los ojos; se levantó y repuso:
—Padre, los faunos viven en la selva, y viven contentos; y los tritones vienen a descansar sobre las rocas del acantilado, con sus arpas doradas. Déjame ser como ellos, te lo ruego, porque sus días son como los días de las flores. Y en cuanto a mi alma, dime tú, ¿de qué me sirve si se interpone entre yo y el ser que amo?
—El amor del cuerpo es ruin —exclamó el cura, frunciendo el ceño—, y los seres paganos que Dios permite que vaguen por el mundo, también son ruines y maléficos. ¡Malditos los faunos del bosque, y malditos los cantores del Mar! Los he oído a veces en las noches, e intentan distraerme de mi rosario. Llaman a mi ventana levemente, y ríen, y me susurran al oído el cuento de sus placeres peligrosos. Me seducen con sus proposiciones y cuando me propongo rezar me hacen muecas. ¡Te digo que están perdidos, están perdidos!... Para ellos no hay cielo ni infierno y en ninguno lugar podrán alabar el nombre del Señor.
—Padre —replicó el joven Pescador—, tú no sabes lo que dices. Una tarde capturé en mis redes a la hija de un Rey del Mar. Y es más hermosa que la estrella de la mañana y más blanca que la luna. Yo daré mi alma por su cuerpo y renunciaré al cielo por su amor. Contesta mi pregunta y déjame ir en paz.
—¡Atrás! ¡Atrás! —gritó el cura—. ¡Esa muchacha está perdida y te perderás con ella! Y lo expulsó de la casa parroquial sin darle la bendición.
El joven Pescador se dirigió al mercado; caminando lentamente, con la cabeza baja, sumido en una tristeza insondable.
Cuando lo vieron los mercaderes, cuchichearon entre ellos, y uno se adelanto. Después de llamarlo por su nombre, le preguntó:
—¿Qué vendes, pescador?
—Vendo mi alma —contesto el joven Pescador—. Te ruego que me la compres, porque estoy cansado con ella. ¿De qué sirve mi alma? No puedo verla. No pudo tocarla. No la conozco.
Entonces los mercaderes se burlaron de él:
—Pero dinos, muchacho, ¿de qué nos serviría el alma de un hombre? No vale ni una mala moneda de cobre. Si quieres te podemos comprar tu cuerpo como esclavo, y te vestiremos de rojo y te pondremos un anillo en el dedo y podrás ser el favorito de la gran Reina. Pero no nos hables de tu alma porque a nosotros tampoco nos sirve para nada, ni tiene valor alguno.
El joven Pescador pensó:
—¡Qué cosa rara! El cura dice que el alma vale todo el oro del mundo, pero los mercaderes aseguran que no vale ni una mala moneda de cobre. Salió del mercado, y se encaminó hacia la playa donde se puso a meditar sobre qué debería hacer.

* * *

Al mediodía, el Pescador recordó que cierta vez uno de sus compañeros le había hablado de una bruja joven que vivía en una caverna al extremo de la bahía, y que era muy sabia en brujerías. De inmediato echó a correr en dirección a la caverna. Tan veloz que una nube de polvo le seguía al correr por la arena de la playa. La joven bruja adivinó la llegada del Pescador por una picazón que sintió en la palma de la mano; se soltó entonces la roja cabellera y se puso a reír. Se quedó de pie a la entrada de la caverna, teniéndo en la mano una rama de cicuta florida.
—¿Qué necesitas? —gritó cuando el Pescador subía jadeando por el acantilado—. ¿Quieres peces para tus redes cuando el viento sopla en contra? Si es eso, tengo un caramillo que cuando se sopla en él, el mújol se mete a la bahía. Pero tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qué
necesitas? ¿Quieres una tormenta que haga naufragar los barcos y arrastre a la costa baúles llenos de tesoros? Tengo más huracanes que el tiempo, porque mi amo es más fuerte que el tiempo, y con un cedazo y un cubo de agua puedo enviar las grandes carabelas al fondo del mar. Pero también tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qué necesitas? Conozco una flor que crece en el valle y que yo sólo conozco. Tiene las hojas púrpura, y una estrella en el corazón, y su jugo es tan blanco como la leche. Si tocas los labios desdeñosos de la gran Reina con esta flor, ella te seguirá a través del mundo entero. Pero tiene su precio, hermoso joven, tiene su precio. ¿Qué necesitas? Puedo machacar un sapo en el mortero y hacer un caldo, removiéndolo con la mano de un muerto. Si mojas con ese caldo a tu enemigo mientras duerme, se convertirá en una víbora negra, y lo matará su propia madre. Con ayuda de una rueda puedo hacer bajar a la luna del cielo, y en un cristal puedo mostrarte la Muerte. ¿Qué necesitas? ¿Qué necesitas? Dime tu deseo y yo te lo concederé. Pero me tendrás que pagar su precio, hermoso joven, me tendrás que pagar suprecio.
—Mi deseo es poca cosa —contestó el joven Pescador—, sin embargo el cura se enojó conmigo y me arrojó de su casa. Es poca cosa, pero los mercaderes se burlaron de mí y me lo negaron. Por eso vengo a conversar contigo, a pesar que los hombres dicen que eres mala; y sea cual sea tu precio, te lo pagaré.
—¿Qué necesitas? —preguntó la bruja, acercándosele.
—Quiero desprenderme de mi alma —contesto— el joven Pescador.
La bruja palideció y, con un estremecimiento, escondió su rostro en el manto azul.
—Hermoso joven, hermoso joven —murmuró—, esa es una cosa terrible.
Pero él sacudió sus rizos oscuros y se echó a reír.
—¿De qué me sirve mi alma? —dijo—. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.
—¿Qué me darás si te lo digo? —preguntó la bruja mirándolo con sus hermosos ojos.
—Tengo cinco monedas de oro para darte —contesto él—, y también mis redes, y la choza de cañas en que vivo, y la barca en que navego. Dime solamente lo que debo hacer para desprenderme de mi alma, y te daré todo lo que tengo. Ella se rió burlonamente, lo rozó con la rama de circuta, y le dijo:
—Si yo lo desease, podría convertir en oro las hojas del otoño, y tejer hebras de plata con los rayos de la luna. Mi amo es más rico que todos los reyes de este mundo, y gobierna en todos los dominios de la tierra.
—¿Qué te daré entonces —dijo él—, si no esperas recibir oro ni plata? La joven bruja le acarició los cabellos con su mano blanca y fina y sonriendo, murmuró:
—Tendrás que bailar conmigo, hermoso joven.
—¿Sólo bailar contigo? —exclamó el Pescador maravillado.
—Nada más —contesto ella— sonriendo de nuevo.
—En cuanto se ponga el sol, bailaremos juntos donde nadie nos vea, o donde quieras que lo hagamos —dijo él— y después de bailar me dirás lo que quiero saber. Ella agitó la cabeza murmurando:
—Cuando salga la luna, cuando salga la luna. Luego observó atentamente alrededor, y atentamente escuchó. Un pájaro azul salió chillando de su nido y se puso a describir círculos sobre las dunas; y tres pájaros pardos bostezaron en medio de la hierba verde y áspera silbándose entre sí. No se oía más que el susurro de las olas arrastrando las piedras pulidas de la playa. Entonces la bruja extendió su mano, atrajo hacia sí al joven pescador y le acercó los labios al oído:
—Esta noche habrás de venir a la cumbre de las colinas —susurró—. Es sábado y estará Él. El joven Pescador se estremeció. Ella reía, mostrando sus dientes blancos.
—¿Quién va a estar allí? —preguntó.
—Eso no debe importarte —repuso ella—. Ven esta noche y espérame a la sombra del espino blanco... si un perro negro te acomete, golpéalo con una rama de sauce y huirá. Y si te habla un búho, no le respondas. Cuando la luna esté en el cenit iré a buscarte y bailaremos juntos sobre la hierba.
—Pero, ¿Juras decirme qué debo hacer para desprenderme de mi alma? —preguntó el joven Pescador. Ella se puso al sol y el viento agitó sus cabellos rojos.
—Te lo juro por las pezuñas del macho cabrío —prometió.
—Eres la mejor de las brujas —exclamó el Pescador—, y bailaré contigo esta noche en la cumbre de las colinas... Hubiera preferido que me pidieras oro o plata, pero de todos modos el precio me conviene... es poca cosa. Se quitó la gorra, hizo una profunda reverencia ante la mujer, y bajó corriendo de regreso al pueblo, ebrio de alegría. La joven bruja lo miró hasta que el Pescador se perdió de vista. Volvió entonces a su gruta, sacó un espejo de un cofre de cedro labrado, y lo puso en un marco. Luego, sobre unas brasas, quemó delante del espejo un puñado de verbena, y miró atentamente a través de las espirales de humo. Después de unos instantes cerró los puños iracunda:
—Debería haber sido mío —murmuró—, soy tan hermosa como ella. Esa noche, al salir la luna, el joven Pescador trepó a la cima del monte, y esperó bajo las ramas del espino blanco. Allá abajo, a sus pies, se extendía el mar como una rodela de plata bruñida, y la sombra de las barcas de pesca moteaba la bahía de signos que resbalaban por la luz. Un gran búho, de amarillos ojos sulfúreos, lo llamó por su nombre... pero él no respondió. Y un perro negro lo persiguió gruñendo... él lo golpeó con una rama de sauce y el perro huyó lanzando gañidos lastimeros. Las brujas llegaron a medianoche, volando por el aire como murciélagos.
—¡Whee-ho! —gritaban al tocar tierra—. Aquí hay uno a quien no conocemos. Olfateaban alrededor, charlaban entre ellas, y se hacían signos. La joven Bruja, con su roja cabellera al viento, llegó la última de todas. Vestía un traje de tisú de oro, bordado con ojos de pavos reales, y un pequeño birrete de terciopelo verde en la cabeza.
—¿Dónde está, dónde está? —chillaron las brujas cuando la vieron. Pero ella no hizo más que reír, corrió hacia el espino blanco, tomó de la mano al Pescador y llevándolo a la luz de la luna comenzaron a bailar. Pronto todos estaban bailando. Giraban juntos vertiginosamente, dando vuelta tras vuelta, y la joven Bruja saltaba tan alto que el Pescador podía ver los tacos escarlata de sus zapatillas. Entonces, por encima del tumulto de los bailarines, se escuchó galopar un caballo, pero no se veía caballo alguno, y el joven Pescador tuvo miedo.
—¡Más rápido! ¡Más rápido! —gritó la bruja abrazándolo por el cuello a tiempo que le exhalaba su aliento cálido en el rostro.
—¡Más rápido! ¡Más rápido! —volvió a gritar, y la tierra parecía girar bajo los pies del Pescador, y la cabeza le daba vueltas, y comenzó a sentirse dominado por el terror, como si lo estuviera observando un ser maléfico. Al fin advirtió que al pie de una roca, había una sombra que recién no estaba allí. Era un hombre vestido de terciopelo negro, a la manera española; tenía el rostro pálido, y sus labios eran orgullosos como una flor roja. Estaba reclinado contra la roca, como si estuviese muy cansado, y su mano izquierda jugaba distraída con el pomo de la daga que pendía del cinturón. A su lado, sobre la hierba, había un sombrero emplumado y unos guantes de montar bordados con hilos de
oro. Sus manos blancas estaban cubiertas de preciosos anillos y una capa corta le colgaba del hombro izquierdo. El Pescador no podía verle los ojos, porque los velaban sus párpados cansados. El joven Pescador no podía apartar la mirada de esta figura, como si fuese víctima de un sortilegio. Al fin se encontraron sus ojos, que parecían seguirle dondequiera que los llevara la danza. Entonces escuchó reír a la Bruja, y tomándola de la cintura giraron y giraron locamente. De pronto, un perro ladró en el bosque, y los bailarines se detuvieron, y fueron subiendo de a dos en dos, para besar las manos del hombre. Mientras lo hacían, una sonrisa se dibujó levemente en sus labios altivos. Pero había cierto desdén en el gesto, y los ojos del hombre continuaban fijos en el joven Pescador.
—¡Ven, adorémoslo! —murmuró la Bruja tironeándolo hacia arriba. El Pescador sintió un gran deseo de hacer lo que ella le pedía, y la siguió. Pero cuando estuvo cerca de él, sin saber por qué, hizo la señal de la cruz, invocando el Nombre Santo. Al instante, las brujas emprendieron vuelo chillando como halcones, y el rostro pálido que había estado mirando, se contrajo en con un espasmo de dolor. El hombre se dirigió al bosque y silbó. Un corcel con arreos de plata corrió a su encuentro. El hombre saltó sobre la silla, se volvió, y miró tristemente, por última vez, al joven Pescador. La Bruja de cabellos rojos también trató de levantar el vuelo, pero el Pescador la sujeto fuertemente por las muñecas.
—¡Suéltame! —gritó ella—. ¡Déjame ir, porque has nombrado lo que no debería nombrarse, y has hecho el signo que no debe verse!
—¡No! —replicó él—. No te dejaré ir hasta que me hayas dicho el secreto.
—¿Qué secreto? —preguntó ella forcejeando como un gato montés y mordiéndose los labios, blancos de espuma.
—¡Lo sabes muy bien! —dijo el joven. Los ojos de la bruja, verdes como el pasto, centellearon de lágrimas, diciendo:
—¡Pídeme lo que quieras, menos eso! Pero él se echó a reír, y la sujetó con más fuerza. Y cuando ella vio que no podía escapar, le susurró al oído:
—¿No te parece que soy tan bella como las hijas del Mar, tan seductora como las que viven bajo las aguas azules?
Y lo miraba cariñosamente, acercando su rostro al del joven. Pero el Pescador la rechazó frunciendo el ceño, mientras decía:
—Si no cumples la promesa que me hiciste, tendré que matarte por ser bruja falsa y mentirosa. Ella palideció, tomando el color gris lívido de la flor del árbol de Judas, y estremeciéndose le señaló:
—Será como quieres. Es tu alma y no la mía. Haz con ella lo que se te antoje. Y se descolgó del cinturón un cuchillito, con mango de piel de víbora verde, para entregárselo. En la hoja centelleaban misteriosas runas.
—¿Y para qué me va a servir esto? —preguntó el Pescador sorprendido. Ella calló todavía por un instante y una sombra de terror le pasó por el rostro. Luego sonrió extrañamente, sacudió su cabellera reja, y agregó:
—Lo que los hombres llaman la sombra del cuerpo no es la sombra del cuerpo, sino el cuerpo del alma. Ponte de pie en la playa, de espaldas a la luna, y con este cuchillo corta, desde tus pies, tu sombra, que es el cuerpo de tu alma, y ordénale que se vaya. Ella así tendrá que hacerlo. El joven Pescador se estremeció de placer.
—¿Es verdad lo que me dices? —murmuró.
—Es cierto, y quisiera no habértelo dicho nunca —murmuró ella llorando, y se abrazó a sus rodillas. Pero el Pescador la rechazó de nuevo, y la hizo caer sobre la hierba espesa, luego se guardó el cuchillo en el cinturón, caminó hasta el borde de la cima e inició el descenso. Y su alma, que estaba dentro de él y había escuchado todo, lo llamó para decirle apesadumbrada:
—Escucha, he vivido contigo todos estos años y siempre estuve a tu servicio. No me arrojes ahora... ¿qué mal te he hecho? Y el joven Pescador se puso a reír:
—No me has hecho ningún daño pero no te necesito. El mundo es ancho, y hay Cielo e Infierno, y esa sombría mansión crepuscular que se extiende entre ambos. Ve donde se te ocurra, pero no me importunes, porque mi amor me está llamando. El alma suplicó, plañidera, pero el Pescador, sin hacerle caso, bajó saltando de risco en risco, tan seguro de pies como una cabra. Por fin llegó a la playa amarillenta junto al mar. Recio y bronceado, como una estatua esculpida por un griego, se alzó sobre la arena, de espaldas a la luna; y, de la espuma, surgieron, llamándolo, unos brazos blancos, y de las olas se levantaron formas indecisas, rindiéndole homenaje. Delante suyo, yacía su sombra, que era el cuerpo de su alma, y detrás, en el aire, colgaba la luna color miel. Su alma todavía le dijo:
—Si realmente quieres echarme, no me despidas sin corazón. El mundo es cruel, dame tu corazón para llevarlo conmigo. Pero el Pescador, moviendo la cabeza, sonrió:
—¿Cómo voy a amar a mi amor si te doy mi corazón?
—Sé generoso —insistió el alma —, dame tu corazón, que el mundo es muy cruel y tengo miedo.
—Mi corazón es de mi amor —dijo él—. No seas porfiada y vete.
—¿Y no podré amar yo también? —preguntó su alma.
—¡Ándate, te digo, yo no te necesito para nada! Y tomó el cuchillo con mango de piel de víbora verde, y recortó su sombra alrededor, a partir de sus pies. Y la sombra se irguió, y quedó en pie delante de él, y era exactamente igual a él. Dando un paso atrás, el pescador se guardó el cuchillo en el cinturón, y se sintió dominado por un temor que entraba a las honduras de su ser.
—¡Ahora vete! —murmuro—. ¡Que no vuelva yo a ver tu rostro!
—No —dijo el alma—. Es necesario que nos encontremos de nuevo —su voz era llorosa y aflautada, y sus labios apenas se movían al hablar.
—¿Cómo nos encontraremos? —dijo el pescador — ¿No estarás pensando seguirme a las profundidades del mar?
—Todos los años vendré una vez a este mismo lugar y te llamaré—dijo el alma—. Tal vez me necesites.
—¿Para qué te habría de necesitar? —protestó el joven Pescador—. En fin, haz lo que quieras. Y se sumergió en el agua. Y los tritones soplaron sus caracolas, y la sirenita nadó para encontrarlo, y lo abrazó besándole en los labios. Y el alma, de pie en la playa solitaria, los miraba. Y cuando desaparecieron en el mar, se marchó llorando a través de las marismas.

* * *

Cuando transcurrió un año, el alma vino a la orilla del mar y llamó al joven Pescador. Él subió de las profundidades, y la interrogó en tono fastidiado:
—¿Por qué me llamaste? Y el alma respondió:
—Acércate más, para que pueda hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.
El Pescador se acercó a la orilla, se tendió sobre el agua, y escuchó con la cabeza apoyada en la mano. Y el alma le refirió:
—Cuando nos separamos miré hacia el Oriente, y caminé hacia allá, pues del Oriente viene toda la sabiduría. Estuve caminando seis días, y al amanecer del séptimo, llegue a una colina que se encuentra en el país de los Tártaros. Tuve que sentarme a la sombra de un tamarindo, porque el país era seco y el calor me abrasaba. La gente iba y venía, como moscas arrastrándose por una bandeja de cobre bruñido. Al mediodía se levantó una nube de polvo, y apenas la divisaron los tártaros prepararon sus arcos saltaron sobres sus caballos, y galoparon hacia ella. Las mujeres subieron chillando a los carros, y se escondieron tras las cortinas de fieltro. Los tártaros volvieron al caer la tarde; faltaban cinco de ellos, y muchos de los que volvían estaban heridos. Subieron a los carros y se alejaron velozmente. Cuando salió la luna, vi los fuegos de un
campamento y me dirigí hacia allá. Era una caravana de mercaderes, sentados en sus alfombras
alrededor de una fogata. Al acercarme, su jefe se levantó, y desenvainando la espada, me preguntó qué quería. “Repuse que en mi país yo era un príncipe, y que había huido de los tártaros que me llevaban prisionero. El jefe sonrió mostrándome cinco cabezas clavadas en varas de bambú. “Luego me preguntó quien era el profeta de Dios, y yo le dije que Muhammad. Al oírme pronunciar el nombre del falso profeta, me tomó de la mano y me hizo sentar a su lado. Un negro me trajo leche de yegua y un trozo de cordero asado. "Continuamos el viaje a la salida del sol. Yo cabalgaba en un camello al lado del jefe, y un esclavo corría delante de nosotros agitando una lanza. Nos seguían los hombres de armas, desplegados a uno y otro lado, y detrás las mulas con las mercancías. Mucho cabalgamos. Del país de los tártaros pasamos al país de los que odian a la Luna, donde vimos los grifos custodiando su oro sobre rocas blancas, y los dragones cubiertos de escamas durmiendo en sus cavernas. Cuando cruzamos las montañas, conteníamos el aliento por miedo a que las nieves cayeran encima de nosotros. Al pasar por los valles, los pigmeos nos lanzaron flechas desde los huecos de los árboles, y durante la noche escuchamos los tambores de los salvajes. Cuando llegamos a la Torre de los Monos, les ofrecimos fruta, y no nos hicieron daño. Cuando alcanzamos la Torre de las Serpientes, les ofrecimos leche tibia, y nos dejaron pasar mirándonos con sus ojos inexcrutables. Los señores de cada ciudad nos exigían tributos de paso, pero no nos abrían sus puertas. Nos arrojaban pan, pastelillos de harina cocidos en miel, y pasteles de cebada rellenos con dátiles, desde lo alto de sus muros. Cuando los habitantes de las aldeas nos veían acercar, envenenaban sus pozos y escapaban a la cumbre de los cerros. Luchamos con los magdenses, que nacen viejos y se rejuvenecen año tras año hasta que mueren niños; y con los lactros, que se dicen hijos de los tigres y se pintan de negro y amarillo; y con los aurantes, que sepultan a sus muertos en los árboles, y viven en oscuras cavernas por miedo a que el sol, que es su dios, les quite la vida. "Un tercio de nuestra caravana murió peleando, y un tercio pereció de hambre. El resto murmuraba en contra mía, diciendo que les había traído la mala suerte. Entonces tomé una víbora de debajo de una piedra y la dejé que me mordiera. Cuando vieron que no me pasaba nada, sintieron temor pero no me amaron. Tras cuatro meses de viaje agobiador, llegamos a la ciudad de Illiel. Era de noche, y al amanecer llamamos a sus inmensas puertas. Los centinelas preguntaron qué queríamos, y nosotros respondimos que veníamos de la isla de Siria con gran cantidad de mercancías. Ellos nos dijeron que abrirían las puertas al mediodía. Y así lo hicieron; abrieron las puertas cuando el sol estaba en el cenit y apenas entramos acudió la gente para vernos, y un pregonero recorrió la ciudad. Nos detuvimos en el mercado, donde los mercaderes mostraron los lienzos encerados del Egipto, y las telas pintadas de los Etíopes, y las esponjas purpúreas de Tiro y los tapices azules de Sidón. El primer día vinieron a comprar los sacerdotes, al segundo los nobles, y al tercero los artesanos y los esclavos. Permanecimos allí toda una luna hasta que, hastiado, me puse a vagar por las calles de la ciudad. Así llegué al jardín de su dios. Los sacerdotes vestidos de amarillo, paseaban silenciosos entre los árboles verdes, y sobre un pavimento de mármol negro se levantaba el palacio rosado que sirve de mansión al dios. "Uno de los sacerdotes, me preguntó qué deseaba. "Le respondí que quería ver al dios.
—El dios ha ido de cacería —dijo el sacerdote mirándome con sus ojos oblicuos.
—Dime a qué selva ha ido, pues quiero cabalgar con él —repuse.
El sacerdote peinó los flecos de su túnica con las uñas puntiagudas, y respondió:
—El dios está durmiendo.
—Dime en qué lecho, y velaré su sueño —respondí.
—El dios está en la fiesta —gritó el sacerdote.
—Si el vino es dulce, beberé con él, y si es amargo beberé también —respondí. El sacerdote, asombrado, me cogió de la mano y me condujo al templo. En la primera cámara había un ídolo sentado en un trono de jaspe. Era de ébano tallado y de la estatura de un hombre. Tenía un rubí en la frente y sus pies estaban enrojecidos por la sangre de un cabrito recién degollado.
Le pregunté al sacerdote:
—¿Es éste el dios?
Y él me respondió:
—Este es el dios.
—Enséñame el dios —grité—, o te mataré sin vacilar.
Y le toqué la mano, que se marchitó enseguida.
El sacerdote me imploró diciendo:
—Cure mi señor a su siervo, y le mostraré al dios. Le soplé en la mano que se curó de inmediato. Temblando me condujo a un segundo aposento, donde había un ídolo, en pie sobre un loto de jade. Era todo de marfil y del doble de la estatura de un hombre. Tenía un crisólito en su frente, y sus pechos estaban ungidos de mirra y cinamomo. Yo interrogué al sacerdote:
—¿Es éste el dios?
Y él me respondió:
—Este es el dios.
—Enséñame el dios—rugí—, o te mataré sin vacilar.
Y le toqué los ojos, que quedaron ciegos.
El sacerdote me suplicó diciendo:
—Cure mi señor a su siervo, y le mostraré el dios. Le soplé en los ojos, y la vista volvió a ellos. Temblando de pavor, el sacerdote me llevó entonces a una tercera estancia. Allí, ¡oh maravilla!, no había ídolo ni imagen alguna, sino solamente un espejo redondo de metal, colocado encima de un altar de piedra.
Y dije al sacerdote:
—¿Dónde está el dios?
Y él me contestó:
—No hay más dios que este Espejo, que es el Espejo de la Sabiduría. Todas las cosas del cielo y de la tierra las refleja, excepto el rostro de quien se mira en él. No lo refleja para que el que mire pueda ser sabio. Todos los demás espejos son espejos de la opinión. Sólo éste es elEspejo de la Sabiduría. Quienes poseen este Espejo, lo saben todo, y no hay nada oculto para ellos. Y quienes no lo poseen, no adquieren la Sabiduría. Este es el dios que adoramos nosotros. Miré el espejo, y era tal como él me había dicho. Hice entonces una cosa muy singular... No viene al caso que te lo diga, pero en un valle que está a sólo un día de camino, tengo escondido el Espejo de la Sabiduría. Permíteme que vuelva a entrar en ti, para servirte, y serás más sabio que todos los sabios, y tuya será la Sabiduría. Permíteme entrar en ti, y no habrá nadie tan sabio como tú. El joven Pescador se puso a reír.
—El amor es mejor que la sabiduría —exclamó— y la sirenita me ama.
—Te equivocas, no hay nada mejor que la sabiduría —dijo el alma.
—El amor es mejor —repitió el joven Pescador, y volvió a sumergirse en las honduras del mar, mientras el alma se alejaba llorando a través de las marismas.

* * *

Cuando el segundo el año hubo transcurrido, llegó el alma a la orilla del mar y llamó al joven Pescador. Una vez más, éste subió de las profundidades, y pregunto:
—¿Para qué me has llamado?
Y el alma repuso:
—Acércate más, para poder hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas. Y él se acercó a la orilla, y echado sobre el agua, escuchó con la cabeza apoyada en la mano.
El alma dijo entonces:
—Cuando nos separamos, miré hacia el Mediodía, y caminé hacia allá. Del Mediodía viene todo lo que hace Riqueza. Seis días caminé por las sendas que conducen a la ciudad de Aster, y al amanecer del día séptimo divisé a mis pies la ciudad, en el fondo de un valle. En los muros de la ciudad hay nueve puertas, y en cada una de ellas hay un caballo de bronce que relincha cuando los beduinos bajan de la montaña. Sus murallas están cubiertas de cobre y en cada una de sus torres hace guardia un arquero. Cuando sale el sol, disparan una flecha contra un gong, y al ponerse el sol tocan una bocina de cuerno. Quise entrar, y los centinelas me preguntaron quién era. Repliqué que era un derviche en camino hacia la Meca, donde está la roca Kaaba y sobre ella hay un velo negro con El Corán bordado en letras de oro por mano de los ángeles. Ellos quedaron maravillados y me rogaron que entrara. Dentro de esa ciudad, es todo un bazar. ¡Lástima que no estuvieras conmigo! Los mercaderes se sientan en el umbral de sus tiendas sobre tapices de seda. Tienen barbas negras, y turbantes cubiertos de broches de oro. Algunos venden gálbano y nardo, y extraños perfumes de las Indias, y aceite de rosa, y jugo cristalizado de las hojas de un árbol, y florecillas de clavero de olor. Otros venden brazaletes de plata incrustados de turquesas azules, y colgantes de perlas, y garras de tigre engarzadas en oro, y arracadas de esmeralda, y anillos de jade. De las casas de té llega el sonido del laúd, y los fumadores de opio, con sus blancos rostros sonrientes, miran pasar a los viandantes. Es una lástima que no estuvieras conmigo. Los vendedores de vino llevan grandes pellejos negros a la espalda. Casi todos venden vino de Chiraz, que es dulce como la miel. Y lo sirven en tacitas de metal, con pétalos de rosas. Un día, vi pasar por allí un elefante. Llevaba el cuerpo pintado con bermellón y cúrcuma. Se paró frente a una de las tiendas, y se puso a comer naranjas mientras el dueño reía. ¡Qué gente tan extraña! Cuando están contentos, van donde un vendedor de pájaros, compran un centenar de ellos y los dejan libres, para aumentar su alegría; y cuando están tristes, se azotan con espinos, para que su tristeza sea mayor.
Es de verdad una pena que no estuvieses conmigo. En la fiesta de la Luna Nueva el joven Emperador salió de su palacio para ir a rezar a la mezquita. Llevaba la barba y los cabellos cubiertos con pétalos de rosas, y las mejillas cubiertas con oro pulverizado. Salió de su palacio al amanecer con una vestidura de plata; y al atardecer, volvió con otra vestidura de oro. La gente se arrojaba al suelo, ocultando sus rostros; excepto yo, que no quise imitarlos. Me mantuve de pie, junto al mesón de un vendedor de dátiles, esperando. Al verme, el Emperador se detuvo. Pero yo continué inmóvil, sin rendirle homenaje. La gente se maravilló de mi audacia, y me aconsejaron que huyera de la ciudad. Pero no les hice caso, y fui a sentarme con los vendedores de dioses extranjeros, que por su oficio, son abominados. Cuando les dije lo que había hecho, me regalaron dioses, pero me suplicaron que me alejase de ellos.
Aquella noche, mientras dormía entre almohadones, en una casa de té que hay en la calle de las Granadas, entraron los guardias del Emperador y me llevaron al palacio. Apenas entré cerraron las puertas y las aseguraron con cadenas. Al interior había un vasto patio, los muros eran de alabastro blanco, adornados con azulejos verdes y azules. Las columnas eran de mármol verde, y el pavimento de un mármol color damasco. Nunca había visto nada similar. Cuando atravesé el patio, dos mujeres veladas me maldijeron desde una galería. Los guardias abrieron una puerta de marfil labrado, y me encontré en un patio dispuesto en siete terrazas. Estaba lleno de maceteros con tulipanes, girasoles y áloes. Al centro se abría un surtidor de agua rodeado de cipreses que eran como antorchas apagadas, y en cada uno de ellos cantaba un ruiseñor. Al acercamos a un pequeño pabellón que se levantaba al extremo del jardín, salieron dos eunucos a encontramos. Sus cuerpos obesos se balanceaban al caminar, y me miraban de soslayo, con ojos de párpados amarillentos. Entonces, el capitán de la guardia me indicó la entrada del pabellón. Entré apartando la cortina. El joven Emperador estaba reclinado sobre un lecho cubierto de pieles de león. Detrás de él se erguía un nubio, desnudo hasta la cintura, con turbante de bronce y pesados aretes. Encima de una mesa, al lado del lecho, descansaba un gran alfanje de acero. Cuando me vio el Emperador frunció el ceño, y me dijo:
—¿Cuál es tu nombre? ¿Acaso no sabes que soy el Emperador de esta ciudad?
Pero yo no le contesté. Entonces el Emperador señaló la cimitarra con el dedo, y el nubio la empuñó y abalanzándose sobre mí, me asestó un tajo terrible. La hoja pasó zumbando a través de mi cuerpo, pero no me hizo daño alguno. El verdugo rodó por tierra, y al levantarse sus dientes castañeteaban de terror. Corrió a protegerse tras el lecho. El joven Emperador se levantó, tomó una lanza, y la arrojó contra mí. Pero yo la cogí al vuelo y la quebré en dos pedazos. Entonces él me disparó una flecha, pero levanté las manos y la detuve en el aire. Luego desenvainó una daga, y apuñaló la garganta del nubio, para que no pudiese contarle a nadie la afrenta que había recibido. El esclavo se retorció como una serpiente, y la roja espuma roja le salió a borbotones entre los labios. Al verlo ya muerto, el Emperador se volvió hacia mí, y después de secarse el sudor con una toalla de seda carmesí, me dijo:
—¿Eres acaso un profeta, que no puedo herirte, o el hijo de un profeta, que no puedo dañarte? Te ruego que salgas de mi ciudad esta noche, porque mientras estés aquí, yo ya no seré el Señor.
Y yo le respondí:
—Quizás acepte marcharme, pero a cambio de la mitad de tus tesoros. Dame la mitad de tus tesoros y me iré de tu ciudad. El Emperador me cogió de la mano y me guió fuera del jardín. Cuando me vio el capitán de la guardia, se maravilló. Cuando los eunucos me vieron, les tiritaron las rodillas y cayeron al suelo. Hay en el Palacio una habitación que tiene ocho paredes de pórfido rojo, y un techo artesonado de bronce, del que cuelgan las lámparas. El Emperador tocó una de las paredes y ésta se abrió. Bajamos entonces por un corredor iluminado por antorchas. En nichos,a uno y otro lado, había grandes cántaros, llenos hasta el borde de monedas de plata. Cuando llegamos al centro del corredor el Emperador dijo la palabra que no puede ser dicha, y giró una puerta de granito. El se cubrió el rostro con las manos, por temor a que sus ojos quedaran deslumbtados. No puedes imaginarte qué sitio tan maravilloso. Había grandes conchas de tortuga rebosantes de perlas, y selenitas de gran tamaño amontonadas con rubíes rojos. El oro estaba almacenado en arcas de piel de elefante, y el oro en polvo en botellas de cuero de bestias marinas. Había ópalos y zafiros; los primeros en copas de cristal, los segundos en copas de jade. Ordenadas en bandejas de marfil había esmeraldas verdes, y en un rincón grandes sacos de seda, unos con turquesas y otros con berilos. Y aún no he podido decirte ni la décima parte de lo que allí había. Cuando el Emperador apartó las manos de su rostro, me expreso:
—Este es mi tesoro, y tal como te prometí, la mitad de él es tuya. Y te daré camellos y camelleros para que lleves tu parte a cualquier lugar del mundo que se te antoje. Y todo quedará hecho esta misma noche, pues no quiero que el Sol, que es mi padre, vea que en mi ciudad hay un hombre al que no puedo matar.
Pero yo le respondí:
—El oro que hay aquí es tuyo, y también es tuya la plata, y tuyas las piedras preciosas. No los necesito para nada, ni aceptaré otra cosa tuya que ese anillo que llevas en el dedo.
Y el Emperador frunció el ceño y exclamó:
—Es una sortija de plomo, sin ningún valor. Toma la mitad del tesoro y vete.
—No —repliqué—, sólo aceptaré ese anillo de plomo, porque sé muy bien lo que hay escrito por dentro, y con qué fin.
Y el Emperador tembló, y me imploró, diciendo:
—Toma el tesoro entero, pero ándate de mi ciudad. La mitad mía también será tuya.
Y entonces hice una cosa muy singular... Pero no importa lo que hice, porque en una gruta, que está sólo a un día de camino, tengo escondido el Anillo de la Riqueza. Un día de marcha nada más. Quién posee ese anillo es más rico que todos los reyes de la tierra. Ven, tómalo, y todas las riquezas del mundo serán tuyas.
Pero el joven Pescador se echó a reír:
—El amor es mejor que la riqueza —exclamó—, y la sirenita me ama.
—No, no hay nada mejor que la riqueza —insistió el alma.
—El amor es mejor—replicó el joven Pescador.
Y volvió a hundirse en las profundidades, mientras el alma partía llorando a través de las
marismas.

* * *

Pasado el tercer año, el alma regresó a la orilla del mar y llamó al joven pescador. Este subió
desde las profundidades y dijo:
—¿Para qué me llamas?
Y el alma le dijo:
—Acércate más para que pueda hablar contigo, porque he visto cosas maravillosas.
El se acercó a la orilla, y echado sobre el agua, escuchó con la cabeza apoyada en la mano.
El alma le contó:
—En una ciudad que conozco, hay una posada a la orilla de un río, donde estuve en compañía de unos marineros que bebían vinos de dos colores y comían pan de cebada con pescaditos salados servidos en hojas de laurel con vinagre; nos divertíamos allí, cuando entró un viejo con una alfombra de cuero y un laúd que tenía dos cuernos de ámbar. Extendió el tapiz en el suelo y comenzó a tocar el laúd con la punta de una pluma; entonces entró corriendo una muchacha, con el rostro cubierto por un velo, y comenzó a bailar ante nosotros. Tenía cubierto el rostro, pero los pies desnudos. Tenía los pies desnudos y se agitaban sobre el tapiz como dos pichones blancos. Jamás, en ninguno de mis viajes, vi nada tan maravilloso. Y la ciudad donde baila queda sólo a una jornada de aquí. Cuando el joven Pescador oyó las palabras de su alma, recordó que la sirenita no tenía pies, y no podía danzar. Y se apoderó de él un gran deseo, y se dijo:
—Puesto que sólo queda de aquí a un día, luego puedo volver al lado de mi amor. Riendo, se puso de pie y caminó a grandes pasos hacia la orilla. Al llegar a tierra firme volvió a reír y extendió los brazos hacia su alma. Y su alma lanzó un gran grito de alegría, y corrió a su encuentro, y penetró en él; y el joven Pescador vio delante suyo, sobre la arena esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma. Y su alma le dijo:
—Ven, alejémonos de aquí ahora mismo, mira que los dioses del mar son muy celosos y tienen monstruos que obedecen sus mandatos. Se apresuraron y toda aquella noche caminaron bajo la luna, y todo el día siguiente caminaron bajo el sol, y al atardecer llegaron a una ciudad. Y entonces el joven Pescador preguntó a su alma:
—¿Está es la ciudad donde danza la muchacha de quien me hablaste? Y su alma contestó:
—No, no es está ciudad, es otra. Sin embargo, entremos. Y entraron, y vagaron por las calles. Al pasar por el barrio de los joyeros, el joven Pescador se fijó en una copa de plata que estaba expuesta en una tienda. Y su alma le dijo:
—Toma esa copa de plata y escóndela. El tomó la copa y la escondió entre los pliegues de su capa. Luego, precipitadamente, salieron de la ciudad. Cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador frunció el ceno, arrojó lejos la copa y le dijo a su alma:
—¿Por qué me dijiste que tomara esa copa y la ocultara, siendo eso, como es, una acción vil?
Pero su alma le respondió:
—Cálmate, tranquilízate...
Al anochecer del segundo día, llegaron a otra ciudad, y el joven Pescador preguntó a su alma:
—¿Es ésta la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste? Y su alma le contestó:
—No, no es esta ciudad, es otra. Sin embargo, entremos. Y entraron, y comenzaron a vagar por las calles. Al pasar por el barrio de los vendedores de sandalias, el joven Pescador vio a un niño que estaba de pie, cargando un cántaro de agua. Y su alma le
dijo:
—Pégale, hazlo caer. Y él le pegó al niño, hasta hacerlo caer, llorando. Luego escaparon de la ciudad. Y cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador se irritó y dijo a su alma:
—¿Por qué me hiciste que le pegara a ese niño, siendo eso, como es, una acción vil? Pero su alma le respondió:
—Cálmate, tranquilízate...
Al amanecer del tercer día llegaron a otra ciudad, y el joven Pescador preguntó a su alma:
—¿Es esta la ciudad donde baila la muchacha de quien me hablaste?
Y su alma le contestó:
—Sí, quizás sea esta la ciudad. Entremos a ver. Y entraron, y recorrieron las calles. Pero en ningún sitio les fue posible encontrar el río, ni la posada que se levantaba a orillas del río. Y la gente de la ciudad lo miraba con extrañeza, y el joven Pescador se atemorizó, y le dijo a su alma:
—Vámonos de aquí, porque la muchacha que baila con pies blancos no está en esta ciudad.
Pero su alma le contestó:
—No, quedémonos en esta ciudad, porque la noche esta oscura y puede haber ladrones en el camino. Se sentaron entonces a descansar en el mercado; cuando al poco rato, pasó un mercader vestido con una capa de paño de Tartaria que llevaba una linterna al extremo de una caña.
El mercader le dijo:
—¿Por qué te sientas en el mercado, cuando las tiendas ya están cerradas?
Y el joven Pescador repuso:
—No encontré ninguna posada en esta ciudad, y no tengo pariente alguno que me hospede.
—¿Es que acaso no somos todos hermanos? —dijo el mercader—. ¿Acaso no nos hizo a todos el mismo dios? Ven conmigo, yo tengo en mi casa una habitación para huéspedes. Y el joven Pescador se levantó y siguió al mercader hasta su casa. Cuando entraron, después de atravesar un jardín de granados, el mercader le trajo agua de rosas en un lavatorio de cobre para que se lavara las manos, y melones maduros para que apagara su sed, y un plato de arroz con una porción de cabrito asado para que saciara su hambre. Una vez que hubo acabado de comer, lo llevó a la habitación para alojados, y le deseó una buena noche. El joven Pescador le dio las gracias, y besó el anillo que su anfitrión llevaba en el dedo. Luego se tendió sobre los tapices de pelo de cabra, y cubierto con pieles de cordero negro, se quedó dormido. Tres horas antes de salir el sol, cuando todavía era de noche, su alma lo despertó y le dijo:
—Levántate y anda al cuarto del mercader, a la misma habitación donde duerme, y mátalo, y róbale el oro; porque tenemos necesidad de dinero.
El joven Pescador se levantó, como sonámbulo, y se deslizó sigilosamente hasta la alcoba del mercader. A los pies de su anfitrión había una espada curva, y en un azafate, junto a él, nueve bolsas de oro. Extendiendo la mano, el joven Pescador tocó la espada; pero, apenas lo hizo despertó el mercader estremeciéndose y saltando del lecho, empuñó la espada. Y dijo al joven Pescador:
—¿Vas a devolver el bien por mal y pagar con mi sangre la bondad que he tenido contigo? Pero su alma le dijo al joven Pescador:
—¡Mátalo!
Entonces el joven Pescador golpeó al mercader y lo hizo perder el sentido. Luego se apoderó de las nueve bolsas de oro, y huyó rápidamente atravesando el jardín de los granados, y volviendo continuamente el rostro hacia la estrella de la mañana. Cuando estuvieron a una legua de la ciudad, el joven Pescador se golpeó el pecho y dijo a su alma:
—¿Por qué me ordenaste que asesinara al mercader y le robara su oro? No cabe duda que eres muy perversa.
Pero su alma le respondió:
—Cálmate, tranquilízate...
—¡No! —gritó el joven Pescador—, no puedo tranquilizarme, porque detesto todo lo que me has obligado a hacer. Y a tí también te detesto, y te ordeno que me expliques por qué me has obligado a actuar de esta manera.
Su alma le contestó entonces:
—Cuando te desprendiste de mí y me lanzaste al mundo, no me diste corazón; así que aprendí a hacer todas estas cosas, y a gustar de ellas.
—¿Qué dices? —murmuró el joven Pescador.
—Bien lo sabes —contestó su alma—, lo sabes muy bien. ¿Te olvidaste que no me diste corazón? Por eso, no te inquietes, ni me perturbes a mí. Tranquilízate, porque no hay dolor que no puedas ahuyentar, ni placer que no puedas conseguir. Al oír estas palabras atroces, el joven Pescador tembló, y replicó a su alma:
—Eres perversa y malvada, me has hecho olvidar mi amor, me has seducido con tus tentaciones, y has encaminado mis pies por la senda del pecado. Pero su alma replicó con petulancia:
—No olvides que cuando me arrojaste al mundo no me diste corazón. Ven, vamos ya a otra ciudad, y divirtámonos, porque tenemos nueve bolsas de oro para gastar. Esta vez el joven Pescador arrojó al suelo las nueve bolsas de oro, y las pisoteó, gritando:
—¡No! ¡No quiero nada contigo, ni viajaré más en tu compañía! Tal como me desprendí de ti una vez, me desprenderé de nuevo ahora, porque no me has hecho más que daño. Se volvió de espaldas a la luna, y con el cuchillito de mango de piel de víbora verde, trató de recortar, desde sus pies, esa sombra del cuerpo que es el cuerpo del alma. Sin embargo ahora el alma no se separó de él, ni obedeció su mandato, sino que le dijo:
—El hechizo que te enseñó la bruja ya no te sirve ahora, porque ni yo puedo abandonarte, ni tú puedes desprenderte de mí. Sólo una vez en la vida un hombre puede separarse de su alma, pero aquel que la ha recibido de nuevo, tiene que conservarla consigo para siempre; y éste es su castigo y también
su recompensa. El joven Pescador palideció y apretó los puños, gritando:
—¡Fue una bruja malvada, porque eso no me lo dijo!
—No —repuso su alma—, ella fue fiel a Aquel a quien adora y servirá para siempre. Cuando el joven Pescador comprendió que ya no podría librarse de su alma, que ahora era un alma perversa, y que habitaría en él para siempre, cayó en tierra llorando amargamente.

* * *

Al amanecer, el joven Pescador se levantó y dijo a su alma:
—Amarraré mis manos para que no te obedezcan, cerraré mis labios para que no repitan tus palabras, y volveré al lugar en que vive la sirena que amo. Caminaré de nuevo hacia el mar, hacia la bahía donde ella canta habitualmente y la llamaré, y le contaré el mal que he hecho a otros, y el mal que tú me has hecho a mí.
Y su alma lo tentó, diciéndole:
—¿Qué tan gran cosa es esa amada tuya, para que quieras volver con ella? Hay muchas mujeres en el mundo que son mucho más hermosas. Existen las bailarinas de Samaris, que bailan imitando a las aves y los animales, y llevan los pies teñidos de alheña, y cascabeles en las manos. Ellas ríen cuando bailan, y su risa es tan clara como la risa del agua. Ven conmigo y te las mostraré. Porque, ¿para qué te vas a preocupar de eso que tú crees que es pecado? ¿No fueron hechas para el goce las cosas sabrosas de comer? ¿Y acaso hay algún veneno en lo que es dulce de beber? No te perturbes más, y ven conmigo a otra ciudad. Muy cerca de aquí se encuentra una ciudad, donde hay un jardín de tulipanes poblado de pavos reales blancos y pavos reales de pecho azul. Cuando abren sus colas al sol son como discos de marfil y como discos de oro. Y la muchacha que los alimenta, baila con ellos, y algunas veces baila sobre sus manos y otras veces baila sobre sus pies. Y lleva los ojos pintados con antimonio, y las aletas de su nariz tienen el delicado molde de las alas de la golondrina. De una de ellas cuelga una flor tallada en una perla. Y ríe cuando baila y los aros de plata que lleva en los tobillos tintinean como campanitas. No te mortifiques más, y acompáñame a esa ciudad. El joven Pescador ya no le contestó a su alma; cerró sus labios con un sello de silencio, amarró sus manos con una cuerda, y emprendió el regreso hacia el lugar de donde había venido, hacia la bahía donde su amada cantaba. Aunque su alma lo tentó sin cesar durante todo el camino, el joven Pescador no respondió, ni quiso seguir ninguno de sus pérfidos consejos. Tan grande era la fuerza de su amor. Cuando por fin llegó a la orilla del mar, liberó sus manos de la cuerda, levantó de sus labios el sello de silencio y llamó a la sirenita. Pero esta vez ella no acudió a su llamada, a pesar de que él estuvo allí, implorando todo el día.
Su alma se burlaba, ahora, y le decía:
—Poca es la alegría que te produce tu amor. Eres como ese que, en tiempos de sequía, guarda su agua en un cántaro roto. Das lo que tienes y no recibes nada en cambio. Mejor será que te vengas conmigo, porque yo sé dónde está el valle de los Placeres, y las cosas que pasan allí. El joven Pescador siguió sin responder a su alma, y en una quebrada de la roca, se construyó una cabaña, y habitó allí todo un año. Cada mañana llamaba a la sirenita, y todas las tardes la volvía a llamar, y pasaba las noches repitiendo su nombre. Pero ella no salió del agua, jamás acudió a su encuentro, y tampoco pudo encontrarla en ningún lugar del mar, a pesar de que la buscó en las grutas y en el agua verde, en las charcas de la marea y en
los pozos que hay en las profundidades. Y sin cesar, su alma le tentaba, susurrándole cosas terribles. Pero no consiguió vencerlo, tan
grande era la fuerza de su amor. Y cuando pasó todo un año, pensó el alma:
—He tentado a mi dueño con el mal, y su amor es más fuerte que yo. Ahora voy a tentarlo con el bien, y quizás venga conmigo. Habló entonces al joven Pescador diciéndole:
—Te he referido los placeres del mundo, y no me has escuchado. Déjame ahora que te hable del dolor del mundo y acaso quieras oírme. Porque, en verdad, el dolor es el Rey del mundo, y no hay nadie que pueda escapar de sus redes. A unos les falta ropa, y otros no tienen pan. Hay viudas que se visten de púrpura, y hay viudas que se visten de harapos. A través de los pantanos caminan los leprosos, y son crueles unos con otros. De aquí para allá van los mendigos por los caminos, con sus bolsillos vacíos. Por las calles de las ciudades pasea el Hambre, y la Peste se estaciona en las puertas. Ven, vamos a remediar todo eso. ¿Para qué vas a quedarte aquí, llamando día y noche a tu amada, si ves que no viene nunca? ¿Qué tanto valor tiene ese amor tuyo para que le des tanta importancia?
Nuevamente el joven Pescador no quiso contestarle; tan grande era la fuerza de su amor. Y siguió llamando a la sirenita cada mañana, y todas las tardes la volvía a llamar y pasaba las noches repitiendo su nombre. Sin embargo, ella nunca salió del agua para encontrarlo, ni tampoco pudo encontrarla en ningún lugar del mar, a pesar que la buscó en las corrientes, y en los valles que hay debajo de las olas; la buscó en el mar que al atardecer se tiñe de rojo, y en el mar que al amanecer se vuelve gris. Cuando el segundo año transcurrió, una noche su alma dijo al joven Pescador, mientras estaba sentado en la cabaña:
—Te he tentado con el mal y te he tentado con el bien, pero tu amor es más fuerte que yo. No voy a volver a tentarte, pero te ruego que me dejes entrar en tu corazón, para ser de nuevo una sola contigo, como fuimos antes.
—Por cierto que puedes entrar —dijo el joven Pescador—, porque en los días que vagaste por el mundo sin corazón, has tenido que sufrir mucho.
—¡Ay! chilló el alma—. No hay sitio para mí en tu corazón, está repleto de amor.
—Yo quisiera ayudarte —dijo el joven Pescador. En ese instante, un gran grito de duelo llegó del mar, como el grito que escuchan los hombres
cuando muere un hijo del Mar. El joven Pescador se puso en pie de un salto, y corrió hacia la orilla. Las olas sombrías se
precipitaron hacia la playa, trayendo una carga más blanca que la plata. Blanca como la espuma y semejante a una flor flotante sobre las olas empenachadas de negro. La marejada la arrancó de las olas, la espuma la arrancó de la marejada, la playa la recibió... y el joven Pescador vio tendido a sus pies el cuerpo de la sirenita. La sirenita estaba muerta a sus pies. Con el corazón deshecho de dolor, el joven pescador se echó sobre la arena, junto a la sirenita, y besó el rojo frío de su boca, y acarició el ámbar mojado de su cabellera. Se echó junto a la sirenita, llorando como el que tiembla de alegría y la estrechó contra su pecho. Estaban fríos sus labios, pero él los besó. Estaba salada la miel de su carne, pero él la saboreó con cruel alegría. Y habló con el cadáver. En las conchas de las orejas de la sirenita vertió el vino agrio de su historia. Puso las manos de ella alrededor de su cuello, y con sus dedos le acarició la garganta delicada. Amarga, amarga era su alegría, y lleno de una extraña plenitud era su dolor. El mar negro se acercaba hinchándose, y la blanca espuma gemía como un leproso. Con blancas manos de espuma el mar se aferraba a la playa. Y del palacio del Rey del Mar se escuchó de nuevo el grito de dolor, y a lo lejos en alta mar, los tritones soplaron roncamente sus caracolas. Retírate— le advirtió su alma—, porque el mar se acerca cada vez más; si te demoras vas a morir. Retírate a un lugar seguro. ¿No querrás enviarme al otro mundo sin corazón? Pero el joven Pescador no la escuchaba. Llamaba a la sirenita, y le decía:
—El amor es mejor que la sabiduría, y más precioso que las riquezas, y más bello que los pies de las hijas de los hombres. Al amor no lo consume el fuego, ni el agua puede apagarlo. Yo te llamaba al amanecer, y tú no acudiste a mi llamada. La luna oyó tu nombre, pero tú no escuchaste. Porque yo te había abandonado, y para daño mío vagué muy lejos de ti. Sin embargo, tu amor fue siempre conmigo a todas partes, y siempre fue poderoso, y nada prevaleció contra él, a pesar de que contemplé el mal y contemplé el bien. Y ahora que tú estás muerta, yo quiero también morir contigo.
Su alma le suplicaba que se retirase pero él no quiso hacerlo; tan grande era su amor. Y el mar se acercó cada vez más y trató de cubrirlo con sus olas. Y cuando él supo que su muerte estaba próxima, besó con labios frenéticos los labios fríos de la sirenita, y su corazón se hizo pedazos. Y como la plenitud de su amor hizo estallar su corazón, el alma encontró una abertura, y por allí entró, y fue de nuevo una sola con el joven Pescador, tal como antes. Entonces las sombrías olas del mar cubrieron al joven Pescador.

* * *

A la mañana siguiente, el sacerdote salió para bendecir el mar que había estado tormentoso, y con él venían los monjes y los músicos, y los acólitos llevando cirios, y una gran muchedumbre. Cuando alcanzaron la orilla, el sacerdote vio al joven Pescador, ahogado sobre la playa con el cuerpo de la sirenita estrechamente abrazado. Y retrocedió frunciendo el ceño; y después de hacer la señal de la cruz anunció con resentimiento:
—¡No bendeciré al mar, ni a nada de lo que encierra! ¡Malditos sean los hijos del Mar, y malditos los que tienen relaciones con ellos! Y en cuánto a este joven Pescador, que por causa del amor olvidó a su Dios, y yace así, fulminado por el juicio de Dios, tomen su cuerpo y el cuerpo de su amante impía, y entiérrenlos al final del Campo de los Retamos, y no pongan encima marca ni señal alguna, para que nadie sepa el lugar donde descansan, porque fueron malditos en vida, y malditos son también en la eternidad de la muerte. La gente le obedeció, y al final del Campo de los Retamos, en un sitio donde no crecía hierba, cavaron un profundo foso, y allí depositaron los cadáveres. Cuando hubo pasado el tercer año, llegado que fue el día de la gran fiesta, subió el cura a la parroquia, para mostrarle al puerto las llagas del Señor, y hablar de la cólera divina. Después de vestirse con sus paramentos sacerdotales, cuando entró y se inclinó ante el altar, vio que estaba todo cubierto de extrañas flores fragantes, que jamás había visto anteriormente. Eran muy singulares, y su rara belleza le turbó, y el aroma fue dulce para su olfato, sugerente de nostalgias que jamás se cuajarían en recuerdos. Y se sintió alegre, sin saber por qué estaba alegre. Después de abrir el tabernáculo y de incensar la custodia que había dentro, y demostrar la Santa Forma al pueblo, y de esconderla otra vez detrás del velo de los velos, comenzó hablar al pueblo. Se había propuesto hablarles de la cólera divina. Pero la belleza de las flores blancas lo turbaba, y su perfume era tan grato a su olfato, y otras palabras comenzaron a brotar de sus labios. Así no habló de la ira de Dios, sino del Amor de Dios. ¿Y por qué hablaba así? No lo sabía. Al término de su prédica la gente lloraba, y el propio cura volvió a la sacristía con los ojos llenos de lágrimas. Y los diáconos vinieron a despojarle de sus paramentos, le quitaron el alba y el cíngulo, el manipulo y la estola, mas el sacerdote seguía inmóvil como en sueños. Cuando lo hubieron desvestido, miró a los diáconos y dijo:
—¿Qué flores son esas que hay en el altar, y de dónde provienen?
Y ellos le contestaron:
—Qué flores son no podemos decirlo; pero provienen del final del Campo de los Retamos. Entonces el cura se estremeció, atravesado de recuerdos, y volviendo a su casa se puso en oración. Al amanecer del siguiente día, salió con los monjes y los músicos, y los portadores de cirios; y los acólitos, y una gran muchedumbre. Fue caminando hasta la orilla del mar y bendijo al mar, y a todos los seres que viven en él. A los faunos también los bendijo, y a las pequeñas criaturas que danzan en la selva, y a las criaturas de ojos brillantes que espían a través del follaje. A todos los seres del mundo de Dios los bendijo estremeciéndose de amor, y el pueblo estaba lleno de júbilo y asombro. Sin embargo, desde entonces, nunca más volvieron a crecer flores en aquel rincón de los Campo de los Retamos, que volvió a quedar tan desierto como lo había sido. Tampoco volvieron a entrar los hijos del Mar en la bahía, como acostumbraban a hacerlo, porque se fueron a otro lugar del limpio océano.

Oscar Wilde


Ver: El país de las tempijuelas  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/el-pais-de-las-tempijuelas.html
De Satán o de Dios, ángel o sirena   https://vieliteraire.blogspot.mx/2015/01/de-satan-o-de-dios-angel-o-sirena.html
La cabellera  http://vieliteraire.blogspot.mx/2013/07/la-cabellera_11.html
Graziella, Alfonso de Lamartine   https://vieliteraire.blogspot.mx/2014/06/graziella-alphonse-de-lamartine.html
La cafetera  http://vieliteraire.blogspot.mx/2014/06/la-cafetera.html