Félicienne y Georgette

El “amigo del corazón” es, desde el punto de vista moral, para una mujer ligera de cascos, lo mismo que, por lo que respecta a lo físico, un “hombre guapo” con el cual una se pasea del brazo: forma parte del tocado.

Hijas de padres ricos, Félicienne y Georgette ingresaron, siendo muy niñas aún, en el célebre pensionado de la señorita Barbe Désagrémeint. Allí -aunque las últimas gotas del destete humedecieran todavía sus labios-, las unió pronto una amistad profunda, basada en su coincidencia respecto a las naderías sagradas del tocado De la misma edad y de un encanto de la misma índole, la paridad de instrucción sabiamente restringida que recibieron juntas consolidó su afecto. Por otra parte, ¡oh misterios femeninos!, al punto e instintivamente, a través de las brumas de la tierna edad, habían sabido que no podían hacerse sombra.
De clase en clase, no tardaron en advertir, por mil detalles de sus modales, la estima laica en que se tenían ellas mismas y que habían heredado de los suyos: lo indicaba la seriedad con que comían sus rebanadas de pan con mantequilla de la merienda. De modo que, casi olvidadas de sus familias, cumplieron dieciocho años casi simultáneamente, sin que ninguna nube hubiese nunca turbado el azul de su mutua simpatía, que, por otra parte, daba solidez a la exquisita terrenalidad de sus naturalezas, y por otro, idealizaba, si podemos decirlo, su “honradez” de adolescentes.
Bruscamente, habiendo la Fortuna conservado su deplorable carácter versátil, y como no existe nada estable en este mundo, ni siquiera en los tiempos modernos, sobrevino la Adversidad. Sus familias, radicalmente arruinadas en menos de cinco horas por La Gran Quiebra, tuvieron que sacarlas rápidamente del pensionado, donde, por lo demás, la educación de ambas señoritas podía considerarse como terminada.
Se trató en seguida de casarlas, por medio de anuncios, como supremo recurso, el único arriesgado, sin demasiada locura, en aquella desgracia. Se ponderaron, en tipografía diamantina, sus “cualidades del corazón”, lo atractivo de sus figuras, su gentileza, sus estaturas, incluso su sensatez y sus inclinaciones caseras. Hasta se llegó a imprimir que sólo les gustaban los viejos. No se presentó ningún partido.
¿Qué hacer? ¿Trabajar? Perspectiva poco seductora y de incómoda práctica. Es verdad que Georgette demostraba cierta tendencia hacia la confección; y, por lo que atañe a Félicienne, algo la empujaba hacia la enseñanza. Pero se hubiera requerido lo imposible, a saber: esos primeros gastos de útiles y de instalación, gastos que (¡ siempre topando con esa bribona de Adversidad!) sus padres sólo podían permitirse en sueños. Fatigadas de la lucha, las dos muchachas, como sucede demasiado a menudo en las grandes ciudades, una noche, por primera vez, se retrasaron... hasta las doce y media del día siguiente.
Entonces empezó la vida galante: fiestas, placeres, cenas, amores, bailes, carreras y estrenos. Sólo veían a sus familiares para hacerles pequeños servicios, proporcionarles entradas de teatro gratuitas o algo de dinero.
En medio de aquel torbellino de polvo dorado, y aunque sus nuevas ocupaciones las obligaban por conveniencia a vivir separadas, Félicienne y Georgette debían fatalmente encontrarse. Sí, era inevitable. Pues bien, su amistad, lejos de atenuarse a causa de ese cambio de vida, se hizo más estrecha. En efecto, en medio del vértigo del mundo, es agradable poder solazarse, de vez en cuando, con algo puro y honrado, y ese algo lo obtenían, entre ellas, por el sencillo cambio mutuo de una mirada de otros tiempos cargada de inocentes recuerdos de su infancia en la Institución Désagrémeint, noble y casta ilusión cuyo inalienable tesoro afianzaba su simpatía.
La impresión que sacaban con esta respectiva mirada les procuraba -por su contraste y a voluntad- una dulzona melancolía en la que ambas saboreaban por lo menos un resabio de aquella estima laica que les era innata. En una palabra, cada una sentía “que no eran las primeras llegadas”.
Una y otra, como es de rigor, habían escogido desde el principio lo que se llama un “amigo del corazón”, esa cosa sagrada sita en un lugar más alto que todas las cuestiones venales. Cuando se tienen muchos adquirientes, ¡es tan dulce descansar, recobrarse en alguien gratuito! En verdad, ni Georgette ni Félicienne -sobre todo ésta- se sentían muy apegadas a esos preferidos, los cuales en el fondo no eran más que una especie de contrabandistas mezclados de proxenetas. Pero, bien considerado todo, aquellos dos jóvenes de los bulevares, con su elegancia útil, conferían a nuestras inseparables amigas un sello de debilidad atractiva que completaba su seductora morbidez. Un “amigo del corazón”, en efecto, coloca de nuevo en la opinión a toda mujer de costumbres un poco libres. Se oye decir: “¡Cómo! ¿Todavía estás con fulanito de tal?” Y se contesta: “¡Qué quieres! ¡Lo amo!”, lo cual demuestra que, después de todo, una no es de madera. En fin, el “amigo del corazón” es, desde el punto de vista moral, para una mujer ligera de cascos, lo mismo que, por lo que respecta a lo físico, un “hombre guapo” con el cual una se pasea del brazo: forma parte del tocado.
Luego sucedió que -por uno de esos azares que surgen al final de las cenas tan frecuentes en la vida mundana- Georgette fue acompañada a su casa, de madrugada, por el joven Enguerrand de Testevuyde (el “amigo del corazón” de Félicienne), el cual recaló en el domicilio de la joven hasta la hora del aperitivo, circunstancia, claro está, que fue relatada a Félicienne aquella misma tarde, gracias a los buenos oficios de amigas de confianza.
La conmoción que Félicienne experimentó tuvo como primera consecuencia un síncope. Cuando volvió en sí, no dijo nada, pero su tristeza era honda. No acababa de hacerse a la idea de lo ocurrido. ¿Cómo era posible que su única amiga, su otro yo, le hubiese, a sabiendas, arrebatado, no uno de esos señores, sino aquel que era sagrado? El ultraje de aquella inesperada perfidia le parecía tan absurdo, tan inmerecido, tan despreciable, que no merecía su cólera. Y luego no podía comprender que Georgette, incluso impulsada por un histérico enloquecimiento, se hubiese decidido a hacer tabla rasa a la vez de su amistad y del tesoro común de los refrescantes recuerdos que ambas perdían a causa de una riña irreparable. Félicienne se sentía rodeada de un vacío atroz, donde se hundió hasta la infidelidad de Enguerrand. Renunciando a comprender sus amores, cerró la puerta a ambos, sin explicación, porque no le gustaba el escándalo. Y la vida continuó para ella, lejos de aquella pareja de sombras.
La primera vez, por ejemplo, que se volvieron a ver en el Bosque de Bolonia, Félicienne, más que fría, estuvo glacial.
Ambas iban en coche, solas, como es de suponer, en medio de la hilera de carruajes, en la Avenida de las Acacias.
Félicienne miró fijamente, sin saludarla, a su antigua amiga, la cual, ¡cosa extraña!, le sonreía con la encantadora franqueza de otros tiempos. Desconcertada por la actitud de Félicienne, Georgette la miró a su vez con sus bellos ojos límpidos y un aire de asombro tan sincero, que Félicienne se sintió conmovida. ¿Pero cómo hablar con ella delante de la gente? Era necesario reprimirse. Los dos vehículos se cruzaron. Eso fue todo.
Se encontraron, una y otra vez, en algunas cenas. Ciertamente, en tales ocasiones, Félicienne procuraba no dejar traslucir su resentimiento. Sin embargo, Georgette, habituada a las inflexiones de voz de su amiga, no la reconocía y parecía no comprender el motivo de aquella helada reserva.
-Pero, ¿ qué te pasa, Félicienne?
-¿A mí? Nada. Estoy como de costumbre.
Decentemente, Georgette no podía ir más lejos, no podía transformar la cena en explicación. A la larga, la vida va hoy tan rápidamente, la despreocupada inconsciencia es tan grande, son tantas las diversiones -y siempre se encontraban rodeadas de gente-, que una y otra, durante más de cuatro meses, se contentaron con resumir, en casa, cada día, con algunos suspiros acompañados de uno o varios furtivos sollozos la pena compleja que ese súbito entibiamiento causaba a sus sensibles corazones y que, por una indolencia sin nombre, no se tomaban la molestia de esclarecer. En realidad, ¿a dónde las hubiera conducido una “explicación”?
Ésta tuvo lugar, sin embargo. Fue después de una función de circo. Ambas estaban solas en un salón particular de un cabaret nocturno, donde esperaban, en silencio, a unos señores.
-En fin -dijo, de repente, Georgette, con lágrimas en los ojos-, ¿quieres decirme, sí o no, qué tienes contra mí? ¿Por qué me causas esta pena, de la que sé bien que tú debes sufrir también?
-¡Oh, puedes quedarte con tu Enguerrand, quiero decir con el señor de Testevuyde! -contestó Félicienne, con sequedad-. En realidad, ya no me interesaba. Pero hubieras podido escoger mejor o prevenirme de que te gustaba. Yo hubiera avisado. No se roba a una amiga el amante de su corazón. Que yo sepa, no he tratado de robarte a tu Melchior.
-¿Yo? -dijo Georgette, con ojos de gacela sorprendida-. ¿ Que yo te he robado... y que éste es el motivo...?
-¡No lo niegues! -contestó desdeñosamente Félicienne-. Lo sé. Estoy segura, ¡vaya!, de las cuatro primeras noches que le concediste.
-¡Y hasta podrías decir seis! -replicó sonriendo Georgette-. ¡ Fueron seis en total!
-¿De veras? ¿Y por un capricho tan efímero has arruinado nuestra amistad? ¡Te felicito!
-¿Un capricho, yo, y por tu amante? -dijo Georgette en tono plañidero, levantando los ojos al cielo-. ¿Y me has creído capaz de tal perfidia después de quince años de amistad? ¡ O estás loca o eres mala!
-Entonces, ¿qué significa tu conducta, a fin de cuentas? ¿Te burlas, pues, de mí?
-¿Mi conducta? ¡Pero si es muy sencilla, mi conducta! ¡Vaya, creo que te empeñas adrede en no comprender!
-¡Está bien, señorita! -dijo Félicienne, levantándose, muy digna-. No me gustan las burlas y le dejo el campo libre.
-¡Pero...! -gritó inocentemente Georgette, llorando-, pero es que... ¡me ha pagado!
Al oír estas palabras, Félicienne se estremeció y se volvió con el rostro resplandeciente de una súbita alegría que hizo centellear el terciopelo de su vestido.
-¡Caramba, Georgette! -exclamó-. ¿Y no me lo escribiste en seguida?
-¡Diablo! ¿Podía yo pensar que tú no habías adivinado, que sospechabas? ¿ Sabía yo por qué me ponías mala cara? ¡Pídeme perdón, inmediatamente, por haber pensado que podía traicionarte, mala... bestia! ¡Y besa a tu Georgette!
Ésta se encontraba entre los brazos de su amiga, que ahora la contemplaba con ternura. Ambas cambiaron de nuevo, finalmente, aquella mirada de otros tiempos en la que la estima laica de ellas mismas era evocada en medio de miles de recuerdos de la Institución Désagrémeint.
Orgullosa, Félicienne volvía a encontrar a su amiga siempre digna de ella.
Un poco confusas del malentendido que las había desunido un instante, se estrechaban la mano, sin pronunciar vanas palabras.
Acto continuo, mientras esperaban a aquellos señores, Félicienne pidió una tarjeta postal y escribió al señor Testevuyde para decirle que regresara a su lado y, al mismo tiempo, para informarle que había sido víctima de las malas lenguas. El referido caballero, que al principio se había mostrado ofendido, tuvo el buen gusto de no mantener su rigor ni un minuto más contra su querida Félicienne, la cual, al día siguiente, hacia las dos, en su casa, no dejó de regañarlo por su mala conducta:
-¡Ah, señor! -le dijo, enojada, amenazándolo con el dedo-. ¿Es verdad, pues, que gasta usted todo su dinero con las rameras?

Villiers de L'Isle Adam


Ver: Un acto que condena la pureza  http://vieliteraire.blogspot.mx/2015/08/un-acto-que-condena-la-pureza_30.html
La imagen del vicio y la virtud en la literatura decimonónica  http://vieliteraire.blogspot.com/2012/05/la-imagen-del-vicio-y-la-virtud-en-la_5969.html
Madame Bovary, Gustave Flaubert  http://vieliteraire.blogspot.mx/2015/06/madame-bovary-gustave-flaubert.html
Naná   http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/nana.html
¿Qué es el amor?  http://vieliteraire.blogspot.mx/2014/02/que-es-el-amor.html
Relato erótico 1  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/relato-erotico-1.html
Relato erótico 2  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/relato-erotico-2.html



El inmortal apetito de lo bello


Todas las bellezas contienen, como todos los fenómenos posibles, algo de eterno y algo de transitorio —de absoluto y de particular—. La belleza absoluta y eterna no existe, o, mejor dicho, no es sino una abstracción desnatada en la superficie general de las diversas bellezas. El elemento particular de cada belleza proviene de las pasiones, y como nosotros tenemos nuestras pasiones particulares, tenemos nuestra belleza.

Es esta una buena ocasión, en verdad, para establecer una teoría racional e histórica de lo bello, por oposición a la teoría de lo bello único y absoluto; para mostrar que lo bello es siempre, inevitablemente, de una doble composición. Lo bello está hecho de un elemento eterno, invariable, cuya cantidad es excesivamente difícil de determinar, y de un elemento relativo y circunstancial. Hay en el mundo, incluso en el mundo de los artistas, personas que van al museo del Louvre, pasan rápidamente, y sin concederles una mirada, ante una multitud de cuadros muy interesantes, aunque de segundo orden, y se plantan soñadores ante un Tiziano o un Rafael, uno de aquellos que más ha popularizado el grabado; después salen satisfechos, y más de uno diciéndose: «Conozco mi museo». Hay otras personas que, al haber leído antaño a Bossuet y Racine, creen poseer la historia de la literatura. Por suerte, de vez en cuando aparecen desfacedores de entuertos, críticos, aficionados, curiosos que afirman que no todo está en Rafael, que no todo está en Racine, que los poetae minores tienen algo bueno, sólido y delicioso; y, en fin, que por mucho que se ame la belleza general, que expresan los poetas y los artistas clásicos, no por ello es menos equivocado descuidar la belleza particular, la belleza circunstancial y los rasgos de las costumbres: He de decir que el mundo, desde hace varios años, se ha corregido un poco. El precio que los aficionados fijan ahora a las gentilezas grabadas y coloreadas del pasado siglo demuestra que se ha producido una reacción en el sentido que el público necesitaba; Debucourt, los Saint Aubin, y muchos otros, han entrado en el diccionario de los artistas dignos de ser estudiados. Pero ésos representan el pasado; ahora bien, es a la pintura de costumbres del presente a la que quiero dedicarme hoy. El pasado es interesante no sólo por la belleza que han sabido extraerle los artistas para quienes era el presente, sino también como pasado, por su valor histórico. Lo mismo pasa con el presente. El placer que obtenemos de la representación del presente se debe no solamente a la belleza de la que puede estar revestido, sino también a su cualidad esencial de presente. Tengo ante mis ojos una serie de grabados de modas que comienzan en la Revolución y acaban más o menos en el Consulado. Estos trajes, que hacen reír a muchas personas irreflexivas, personas graves sin verdadera gravedad, presentan un encanto de doble naturaleza, artístico e histórico. Muy a menudo son bellos y están espiritualmente dibujados; pero lo que me importa al menos lo mismo, y lo que estoy contento de encontrar en todos o en casi todos, es la moral y la estética de la época. La idea que el hombre se hace de lo bello se imprime en toda su compostura, arruga o estira su traje, redondea o ajusta su movimiento, e incluso penetra sutilmente, a la larga, los rasgos de su rostro. El hombre acaba por parecerse a lo que querría ser. Esos grabados pueden ser traducidos en bello y en feo; en feo, se convierten en caricaturas; en bello, en estatuas antiguas. Las mujeres vestidas con esos trajes se parecían más o menos a unas o a otras, según el grado de poesía que las marcara. La materia viva hacía ondulante lo que nos parece demasiado rígido. La imaginación del espectador puede todavía hoy mover y estremecerse esa túnica y ese chal. Un día de estos, quizás, aparecerá un drama en un teatro cualquiera, donde veremos la resurrección de esos trajes bajo los cuales nuestros padres se encontraban tan encantadores como nosotros bajo nuestros pobres vestidos (que tienen también su gracia, es cierto, pero de una naturaleza más bien moral y espiritual), y si los llevan y animan comediantas y comediantes inteligentes, nos asombraremos de haber reído tan a la ligera. El pasado, aun conservando lo excitante del fantasma, recobrará la luz y el movimiento de la vida, y se hará presente. Si un hombre imparcial hojeara una por una todas las modas francesas desde el origen de Francia hasta el presente, no encontraría nada de chocante ni siquiera de sorprendente. Las transiciones estarían tan abundantemente cuidadas como en la escala del mundo animal: ninguna laguna, por tanto ninguna sorpresa, y si añadiera a la viñeta que representa a cada época el pensamiento filosófico que más la ocupaba o agitaba, pensamiento del que la viñeta sugiere inevitablemente el recuerdo, vería qué profunda armonía rige todos los componentes de la historia, y que, incluso en los siglos que nos parecen más monstruosos y locos, el inmortal apetito de lo bello ha encontrado siempre satisfacción. Es esta una buena ocasión, en verdad, para establecer una teoría racional e histórica de lo bello, por oposición a la teoría de lo bello único y absoluto; para mostrar que lo bello es siempre, inevitablemente, de una doble composición, aunque la impresión que produce sea una; pues la dificultad de discernir los elementos variables de lo bello en la unidad de la impresión, no invalida en nada la necesidad de la variedad en su composición. Lo bello está hecho de un elemento eterno, invariable, cuya cantidad es excesivamente difícil de determinar, y de un elemento relativo, circunstancial, que será, si se quiere, por alternativa o simultáneamente, la época, la moda, la moral, la pasión. Sin ese segundo elemento, que es como la envoltura divertida, centelleante, aperitiva, del dulce divino, el primer elemento sería indigerible, inapreciable, no adaptado y no apropiado a la naturaleza humana. Desafío a que se descubra una muestra cualquiera de belleza que no contenga esos dos elementos. Elijo, si se prefiere, los dos peldaños extremos de la historia. En el arte hierático, la dualidad se hace patente a la primera ojeada; la parte de belleza eterna solamente se manifiesta con el permiso y bajo la regla de la religión a la que pertenece el artista. En la obra más frívola de un artista refinado perteneciente a una de esas épocas que calificamos demasiado vanidosamente como civilizadas, la dualidad se muestra igualmente; la porción eterna de belleza estará al mismo tiempo velada y expresada, si no por la moda, al menos por el temperamento particular del autor. La dualidad del arte es una consecuencia fatal de la dualidad del hombre. Considerar, si queréis, la parte eternamente subsistente como el alma del arte, y el elemento variable como su cuerpo. Por eso Stendhal, espíritu impertinente, guasón, incluso repugnante, pero cuyas impertinencias provocan útilmente la meditación, se ha aproximado a la verdad más que muchos otros, al decir que lo Bello no es sino promesa de la felicidad. Sin duda esta definición sobrepasa el fin; somete demasiado lo bello al ideal infinitamente variable de la felicidad; despoja con excesiva presteza lo bello de su carácter aristocrático; pero tiene el gran mérito de alejarse decididamente del error de los académicos. He explicado ya estas cosas más de una vez; estas líneas dicen lo bastante para aquellos que gustan de esos juegos del pensamiento abstracto.

Charles Baudelaire

Ver: De las artes imitables http://vieliteraire.blogspot.mx/2012/02/de-las-artes-imitables.html
La modernidad, el París romántico de Baudelaire  http://vieliteraire.blogspot.mx/2013/07/la-modernidad-el-paris-romantico-de.html

Libre de sospecha por la grandeza del crimen


¡Qué noches de magníficos horrores voy a pasar tan deliciosamente!... ¡Ah!, ¡respiro!, ¡renazco!, ¡existo!... ¡Cuando pienso que he sido actor! Ahora, como sólo soy, para los groseros ojos humanos, carne de cadalso, ¡huyamos con la rapidez del rayo! Vamos a encerrarnos en nuestro faro, para gozar allí en paz de nuestros remordimientos.

Daban las doce en el reloj de la Bolsa, bajo un cielo estrellado. En aquella época, aún pesaban sobre los ciudadanos las exigencias de una ley militar y, siguiendo las instrucciones relativas al toque de queda, los sirvientes de los establecimientos todavía iluminados se apresuraban a cerrar.
En los bulevares, en el interior de los cafés, los quemadores de gas de los candelabros desaparecían, uno a uno, en la oscuridad. Se oía desde fuera el ruido de las sillas puestas de cuatro en cuatro sobre las mesas de mármol; era el momento psicológico en que cada camarero juzgaba oportuno indicar, con un brazo que terminaba en un trapo, las horcas caudinas de la puerta trasera a los últimos consumidores.
Aquel domingo silbaba el triste viento de octubre. Escasas hojas amarillentas, polvorientas y ruidosas, llevadas por ráfagas de aire, chocaban con las piedras, rozaban el asfalto; luego, como murciélagos, desaparecían en la sombra, despertando la imagen de unos días banales vividos para siempre. Los teatros del bulevar del Crimen donde, durante la noche, se habían apuñalado a placer todos los Médicis, los Salviati, y los Montefeltre, se erguían, guaridas del Silencio, con las puertas cerradas guardadas por sus cariátides. Por momentos, coches y peatones se hacían más escasos; aquí y allá lucían ya los escépticos faroles de los traperos, fosforescencias liberadas por los montones de basura entre los que erraban.
A la altura de la calle Hauteville, bajo un farol, en la esquina de un café de apariencia bastante lujosa, un gran transeúnte de fisonomía saturnina, de mentón lampiño, andar sonambulesco, largos cabellos grises bajo un sombrero Luis XIII, guantes negros, bastón con empuñadura de marfil y envuelto en una vieja y regia hopalanda azul, forrada de un dudoso astracán, se había detenido como si dudase maquinalmente en cruzar la calzada que lo separaba del bulevar Bonne-Nouvelle.
¿Regresaba a su domicilio este anacrónico personaje? ¿Lo había conducido hasta esta esquina el azar de un paseo nocturno? Por su aspecto, hubiera sido difícil precisarlo. Al ver, de repente, a su derecha, uno de esos espejos estrechos y largos como él mismo -especie de espejos públicos contiguos, a veces, a los escaparates de los cafetines famosos-, se detuvo bruscamente, se plantó, de cara, frente a su imagen y se miró, deliberadamente, desde las botas al sombrero. Luego, repentinamente, levantando su sombrero con un gesto que denotaba su anacronismo, se saludó con una cierta cortesía.
Su cabeza, de improviso al descubierto, permitió entonces reconocer al ilustre trágico Esprit Chaudval, apellidado Lepeinteur, llamado Monanteuil, vástago de una muy digna familia de pilotos de Saint-Malo y a quien los misterios del Destino habían llevado a convertirse en primer actor en provincias, cabecera de cartel en el extranjero y rival (a menudo afortunado) de nuestro Frédérick Lemaître1.
Mientras se contemplaba con cierto estupor, los camareros del café cercano ponían los abrigos a los últimos clientes habituales, les entregaban los sombreros; otros sacaban ruidosamente el contenido de las huchas de níquel y amontonaban en un platillo la recaudación de la jornada. Esta prisa, esta turbación provenía de la amenazadora y repentina presencia de dos agentes que, de pie en la entrada y con los brazos cruzados, hostigaban con su fría mirada al retrasado patrón.
Muy pronto colocaron los tableros de madera en sus bastidores de hierro, salvo el del espejo que por extraño descuido fue olvidado en medio de la confusión general.
Después el bulevar quedó muy silencioso. Chaudval, solo, indiferente a toda esta desaparición, había permanecido en su estática actitud en la esquina de la calle Hauteville, en la acera, ante el olvidado espejo.
El lívido y lunar espejo parecía dar al artista la sensación que éste hubiera sentido al bañarse en un estanque; Chaudval temblaba.
¡Ay!, digámoslo, en ese cristal cruel y sombrío, el actor acababa de descubrir que envejecía.
Constataba que su cabello, ayer todavía entrecano, se tornaba de una blancura lunar. ¡Se acababa! ¡Adiós aplausos y coronas, adiós rosas de Talía, laureles de Melpómene! ¡Tenía que despedirse para siempre, con apretones de manos y lágrimas, de los Ellevious y de las Laruettes, de las libreas de gala y elegancias, de las Duzagons y de las ingenuas!
Había que bajar a toda prisa del carruaje de Tespis y verlo alejarse, llevando a sus compañeros. Luego, contemplar cómo desaparecían en un lejano recodo del camino, en el crepúsculo, los estandartes y banderolas que por la mañana flotaban al sol sobre las ruedas, juguetes del alegre viento de la Esperanza.
Chaudval, repentinamente consciente de su cincuentena (era un hombre excelente), suspiró. Una neblina cruzó ante sus ojos; una especie de fiebre invernal se apoderó de él y la alucinación dilató sus pupilas.
La feroz fijeza con que contemplaba el providencial espejo terminó por dar a sus pupilas esa facultad de agrandar los objetos y de saturarlos de solemnidad, que los fisiologistas han constatado en aquellos individuos afectados por una emoción muy intensa.
El largo espejo se deformó bajo sus ojos, cargados de ideas confusas y átonas. Recuerdos de la infancia, de playas y olas plateadas le bailaron en el cerebro. Y ese espejo, sin duda a causa de las estrellas que penetraban su superficie, le produjo, al principio, la sensación del agua dormida de un golfo. Luego, hinchándose más, gracias a los suspiros del viejo, el espejo adquirió el aspecto del mar y de la noche, esos dos viejos amigos de los corazones solitarios.
Durante algún tiempo esta visión lo embriagó, pero detrás de él, el farol que encima de su cabeza enrojecía la fría llovizna, le pareció, al verlo reflejado al fondo del terrible espejo, como la luz de un faro, de color sanguinolento, que señalaba el camino del naufragio al navío perdido de su futuro.
Sacudió su vértigo y enderezó su elevada estatura, con una carcajada nerviosa, falsa y amarga, que hizo estremecer a los dos guardias, bajo los árboles. Felizmente para el artista, éstos, creyendo que sería un borracho despistado, o algún enamorado decepcionado, continuaron su paseo oficial sin dar mayor importancia al desdichado Chaudval.
-¡Bien, renunciemos! -dijo simplemente en voz baja, como el condenado a muerte que, despertado bruscamente, dice al verdugo: «Estoy a su disposición, amigo.»
El viejo actor se aventuró, entonces, en un monólogo, con embrutecida postración.
-He obrado prudentemente -continuó-, cuando encargué la otra noche a la señorita Pinson, mi buena amiga (que es dueña de la oreja del ministro y también de su almohada), que me proporcionase, entre dos declaraciones ardientes, el puesto de farero que ocuparon mis padres en las costas de poniente. ¡Claro! ¡Ahora comprendo el extraño efecto que me ha producido ese farol en el espejo!... Era mi subconsciente. Pinson enviará mi nombramiento, seguro. Y me retiraré al faro como un ratón en el queso. Iluminaré a los barcos en la lejanía, en el mar. ¡Un faro! Eso tiene siempre el aire de un decorado. Estoy solo en el mundo: ese es el asilo que, decididamente, más conviene a mis últimos días.
De pronto, Chaudval interrumpió su ensoñación.
-¡Ah! -dijo, palpándose el pecho bajo su levita-, pero... esa carta que me entregó el cartero en el momento en que salía, ¿será la respuesta?... ¡Cómo! ¡Iba yo a entrar al café para leerla y me olvido de hacerlo! ¡Verdaderamente, estoy perdiendo facultades! ¡Bueno! ¡Aquí está!
Chaudval acababa de extraer de su bolsillo un ancho sobre, de donde sacó, tan pronto como lo hubo roto, un pliego ministerial que recogió febrilmente y leyó, de un vistazo, bajo la roja luz del farol.
-¡Mi faro!, ¡mi nombramiento! -exclamó-. ¡Estoy salvado, Dios mío! -añadió como por una vieja manía mecánica y con una voz de falsete tan brusca, tan diferente a la suya, que miró a su alrededor, creyendo que había otra persona.
-Vamos, calma y... ¡seamos un hombre! -repuso en seguida.
Pero, ante esta palabra, Esprit Chaudval, apellidado Lepeinteur, llamado Monanteuil, se detuvo como convertido en una estatua de sal; esa palabra parecía haberlo inmovilizado.
-¿Qué? -continuó tras un momento de silencio-. ¿Qué es lo que acabo de desear? ¿Ser un Hombre?... Después de todo, ¿por qué no?
Se cruzó de brazos mientras reflexionaba.
Hace ya cerca de medio siglo que represento, que interpreto las pasiones de los demás sin sentirlas nunca, puesto que en el fondo nunca he sentido nada. ¿Sólo para hacer reír, soy semejante a los otros? ¿Acaso soy una sombra? ¡Las pasiones!, ¡los sentimientos!, ¡los hechos reales! ¡REALES!, eso, eso es lo que caracteriza al HOMBRE propiamente dicho. Por lo tanto, puesto que la edad me fuerza a entrar en la Humanidad, debo procurarme una pasión, o algún sentimiento real... porque es la condición sine qua non, sin la que no podría aspirar al apelativo de Hombre. Este es un razonamiento sólido; está lleno de sentido común. Así pues, elegiré aquélla que esté más relacionada con mi resucitada naturaleza.
Meditó y luego prosiguió con melancolía:
-¿E1 amor?... demasiado tarde. ¿La Gloria?... ¡ya la he conocido! ¿La Ambición?... ¡Dejemos esa quimera para los políticos!
Repentinamente, lanzó una exclamación:
-¡Ya lo tengo! -dijo-: ¡EL REMORDIMIENTO!... es lo que mejor se corresponde con mi temperamento dramático.
Se contempló en el espejo adoptando un rostro convulso, contraído, como por un horror sobrehumano:
-¡Eso es! -concluyó-: ¡Nerón! ¡Macbeth! ¡Orestes! ¡Hamlet! ¡Erostato! ¡Los espectros!... ¡Oh, sí! ¡Yo también quiero ver verdaderos espectros!, como todos aquéllos que tenían la suerte de no poder dar un solo paso sin espectros.
Se golpeó la frente.
-Pero, ¿cómo?... ¿Soy tan inocente como un cordero que duda en nacer?
Y tras una nueva pausa:
-¡Ah! ¡Que no quede por eso! -añadió-: ¡para conseguir un resultado no hay que escatimar esfuerzos!... Tengo perfecto derecho a convertirme, a cualquier precio, en lo que yo debería ser. ¡Tengo derecho a la Humanidad! ¿Es preciso cometer crímenes para sentir remordimientos? Pues bien, vengan los crímenes: ¿qué importa si es por... por un buen motivo? Sí... ¡Sea! -y se puso a dialogar-: Voy a perpetrar horrores. ¿Cuándo? Inmediatamente. ¡No lo dejemos para mañana! ¿Cuáles? ¡Uno solo!... ¡Pero grande! ¡De extravagante atrocidad! ¡Que haga salir del infierno a todas las Furias! ¿Cuál? ¡Diablo, el más brillante!... ¡Bravo! ¡Ya está! ¡UN INCENDIO! Así pues, sólo tengo tiempo de incendiar, de hacer mis maletas, de volver, debidamente guarecido tras el cristal de algún coche, para gozar de mi triunfo entre la multitud espantada, de recoger las maldiciones de los moribundos, y coger el tren del Noroeste con suficientes remordimientos para el resto de mi vida. Después, ¡me esconderé en mi faro!, ¡en la luz!, ¡en pleno Océano! Donde la policía no podrá descubrirme nunca, al ser mi crimen desinteresado. Y allí agonizaré solo-. En ese momento, Chaudval se irguió, improvisando este verso de corte absolutamente cornelliano:
-¡Libre de sospecha por la grandeza del crimen!
-Está todo dicho. Y ahora -terminó el gran artista recogiendo una piedra tras haber observado en torno suyo para asegurarse de la soledad que lo rodeaba- y ahora, tú ya no reflejarás a nadie.
Y lanzó la piedra contra el cristal que se rompió en mil brillantes pedazos.
Una vez cumplido este primer deber y huyendo a toda prisa -como satisfecho por esa primera, pero enérgica proeza-, Chaudval se precipitó hacia los bulevares donde, algunos minutos después y a su señal, se detuvo un coche en el que subió y desapareció.
Dos horas después, las llamaradas de un inmenso siniestro, que surgían de unos grandes almacenes de petróleo, de aceite y de cerillas, se reflejaban en todos los cristales del barrio del Temple. Muy pronto, las escuadras de bomberos, rodando y empujando sus aparatos, acudieron de todos lados, y sus trompetas, al enviar lúgubres gritos, despertaban sobresaltados a los habitantes del populoso barrio. Innumerables y precipitados pasos resonaban en las aceras: la multitud se agolpaba en la plaza del Chateau-d’Eau y calles vecinas. Pronto se organizaron en cadena. En menos de un cuarto de hora, un destacamento de tropas formaba un cordón alrededor del incendio. Los policías, con el sanguinolento resplandor de las antorchas, impedían la afluencia humana a las cercanías.
Los coches, detenidos, ya no circulaban. Toda la gente vociferaba. Se distinguían gritos alejados entre el crepitar terrible del fuego. Las víctimas, cercadas por este infierno, aullaban y los tejados de las casas se desplomaban sobre ellas. Un centenar de familias, las de los obreros de los talleres que ardían, se quedaban sin recursos y sin asilo.
Allá lejos, un solitario carruaje, cargado con dos gruesas maletas, permanecía detenido detrás de la masa reunida en Chateau-d’Eau. Y en ese vehículo estaba Esprit-Chaudval, apellidado Lepeinteur, llamado Monanteuil que, de vez en cuando, descorría la cortinilla y contemplaba su obra.
-¡Oh! -se decía en voz baja-. ¡Me siento lleno de horror ante Dios y ante los hombres! Sí, sí, ¡ésta es la obra de un réprobo!...
El rostro del viejo actor resplandecía.
-¡Oh, infeliz! -murmuraba-, ¡qué vengadores insomnios voy a padecer entre los fantasmas de mis víctimas! ¡Siento surgir en mí el alma de Nerón, quemando Roma por exaltación artística!, ¡de Erostato, incendiando el templo de Efeso por amor a la gloria!..., ¡de Rostopskin, incendiando Moscú por patriotismo!, ¡de Alejandro, quemando Persépolis por galantería hacia su Thais inmortal! Pero yo, yo incendio por DEBER, al no tener otro modo de existencia. ¡Incendio porque me debo a mí mismo!... ¡Me desquito! ¡Qué Hombre voy a ser! ¡Cómo voy a vivir! Sí, al fin sabré lo que se siente cuando se está atormentado. ¡Qué noches de magníficos horrores voy a pasar tan deliciosamente!... ¡Ah!, ¡respiro!, ¡renazco!, ¡existo!... ¡Cuando pienso que he sido actor! Ahora, como sólo soy, para los groseros ojos humanos, carne de cadalso, ¡huyamos con la rapidez del rayo! Vamos a encerrarnos en nuestro faro, para gozar allí en paz de nuestros remordimientos.
Al atardecer del día siguiente, Chaudval, después de llegar a su destino sin obstáculos, tomaba posesión de su viejo faro desolado, situado en las costas septentrionales: desusada llama sobre una construcción en minas, y que una merced ministerial había resucitado para él.
Apenas si la señal podía ser de alguna utilidad: no era sino una redundancia, una sinecura, un alojamiento con fuego sobre la cabeza y del cual todo el mundo podía prescindir, salvo Chaudval.
Así pues, el digno actor, tras haber transportado allí su lecho, víveres y un gran espejo para estudiar sus efectos de fisionomía, se encerró inmediatamente, al abrigo de toda sospecha humana.
Alrededor de él se quejaba el mar, en el que el viejo abismo de los cielos bañaba sus estelares claridades. Observaba cómo las olas asaltaban su torre bajo las ráfagas de viento, al igual que el Estilita contemplaba cómo las arenas chocaban contra su columna cuando soplaba el siroco.
A lo lejos seguía, con una mirada perdida, el humo de los barcos o las velas de los pescadores.
A cada instante, este soñador olvidaba su incendio. Subía y bajaba la escalera de piedra.
Al atardecer del tercer día, Lepeinteur, llamémoslo así, sentado en su habitación, a sesenta pies de altura sobre las olas, releía un periódico de París en el que se contaba la historia del gran incendio ocurrido la antevíspera.
Un desconocido malhechor había lanzado algunas cerillas en las cubas de petróleo. Un monstruoso incendio que había tenido en pie, toda la noche, a los bomberos y al pueblo de los barrios vecinos, se había declarado en el barrio del Temple.
Cerca de cien victimas habían perecido: desgraciadas familias quedaban sumidas en la más negra miseria.
La plaza entera estaba en duelo y humeaba aún.
Se ignoraba el nombre del miserable que había cometido el delito y, sobre todo, el móvil del criminal.
Ante esto, Chaudval saltó de alegría y, frotándose las manos febrilmente, exclamó:
-¡Qué éxito! ¡Qué maravilloso criminal soy! ¿Estaré bastante atormentado? ¡Qué de espectros veré! ¡Ya sabía yo que me convertiría en un Hombre! ¡Ah! El medio utilizado ha sido duro, estoy de acuerdo; pero, era preciso... ¡necesario!
Al releer el diario parisino, como allí se mencionase que se iba a dar una representación extraordinaria a beneficio de los damnificados, Chaudval murmuro:
-¡Vaya! Hubiera debido prestar la colaboración de mi talento en beneficio de mis víctimas! Sería mi función de despedida. Declamaría Orestes. Habría estado tan natural...
Chaudval comenzó a vivir en su faro.
Las tardes pasaron, se sucedieron, y las noches.
Ocurría una cosa que dejaba estupefacto al artista. ¡Una cosa atroz!
Contrariamente a sus esperanzas y previsiones, su conciencia no le reprochaba remordimiento alguno. ¡No se le aparecía ningún espectro! No sentía nada, ¡pero absolutamente nada!...
No podía creer en el Silencio. No salía de su asombro.
¡A veces, al contemplarse en el espejo, se daba cuenta de que su cabeza bonachona no había cambiado nada! Entonces, furioso, se abalanzaba sobre las señales y las falseaba, con la radiante esperanza de hacer naufragar a lo lejos, alguna embarcación, con el fin de ayudar, activar, estimular el rebelde remordimiento ¡para excitar a los espectros!
¡Todo era en vano!
¡Estériles atentados! ¡Inútiles esfuerzos! No sentía nada. No veía ningún fantasma amenazador. La desesperación y la vergüenza lo ahogaban de tal manera que, ya no dormía. Tanto que una noche, habiéndosele declarado una congestión cerebral en su luminosa soledad, sufrió una agonía en la que gritaba al ruido del océano y mientras los grandes vientos de mar adentro azotaban su torre perdida en el infinito:
-¡Espectros!... ¡Por amor de Dios!... ¡Que vea aunque sólo sea uno! ¡Me lo he ganado!
Pero el Dios que invocaba no le otorgó tal favor, y el viejo histrión expiró, declamando siempre, en su vano énfasis, su gran deseo de ver espectros... sin comprender que era él, él mismo, lo que buscaba.

Villiers de L'Isle Adam

Ver: Flores de las tinieblas  http://vieliteraire.blogspot.mx/2014/03/flores-de-las-tinieblas.html
El país de las tempijuelas  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/el-pais-de-las-tempijuelas.html
El monstruo verde  http://vieliteraire.blogspot.mx/2011/12/el-monstruo-verde.html
La mano encantada  http://vieliteraire.blogspot.mx/2012/06/la-mano-encantada.html